
Por: Isadora Borges Monroy, California / México D.F.
Últimamente, las calles de Estados Unidos han estado en mi mente. En el post El “efecto rebote” del consumismo aludí a cómo ciertas partes del país, como California, están diseñadas para ser recorridas utilizando un carro. Una colega del trimestre pasado diría que esto es adrede, una demanda de las poderosas compañías de petróleo cuya presencia es palpable en el sur del país. Sea o no la razón, Baudrillard y Thomas S. Hunter no son los únicos que han legado una mirada romántica de los largos viajes por las carreteras estadounidenses ―aunque sus estados de intoxicación probablemente afectaron sus percepciones.
Pero en cualquier ciudad, no todos pueden, ni deberían si tenemos una conciencia de protección ambiental, usar coches para ir a todas partes. El transporte público resulta la opción más conveniente para grandes urbes, donde levantar el suelo y armar un metro es una pesadilla logística. ¿Y ahora?
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