Cómo comer en las calles de Ciudad de México sin morir en el intento

Los puestos informales alimentan cada día a cientos de miles de los veinte millones de habitantes de la Ciudad de México. En los suburbios del DF cada delegación cobra a discreción una cuota para permitir esos negocios de comida barata en las calles, muchos de ellos acomodados entre el smog, la basura y la suciedad, y es sabido que las delegaciones que más puestos autorizan son también las más conflictivas y corruptas. Nuestra cronista recorrió la ciudad más poblada de América Latina en busca de su almuerzo y sobrevivió para contarlo.

Por Miriam Canales Ibarra

En el aroma de las calles de la Ciudad de México no solo se siente el smog de los autos; también se percibe la grasa y el humo provenientes de los puestos improvisados donde abunda la oferta de comida barata por doquier: tacos, tortas, gorditas, tamales y otras fritangas propias de la dieta mexicana, en la que predominan el maíz y la carne, conforman a diario el desayuno, el almuerzo y la cena.

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La Paz, territorio libre de McDonald’s

En 2002, la cadena de hamburguesas más famosa del planeta abandonó Bolivia. Muchos dicen que fue derrotada por las decenas de puestos callejeros y chiringuitos de comida al paso. Aunque algunas investigaciones revelan que el 71% de los alimentos y las bebidas que allí se comercializan deberían prohibirse por cuestiones de salubridad, todos -universitarios, burócratas, borrachos y trasnochados, empresarios, albañiles y vendedores informales- comen cada día a precios de saldo en las calles paceñas.

Por Álex Ayala Ugarte

El puestito de Elvira Goitia en el mercado Lanza de La Paz, Bolivia, parece a ratos la puerta de una entidad bancaria: son las diez de la mañana y desde hace media hora la gente entra en él con impaciencia para salir, minutos después, con la cara de satisfacción que se le queda a uno después de haber cobrado la paga extra navideña. Elvira no ofrece créditos ni fondos de pensiones, y tampoco paga cheques al portador. Ella atrapa a sus clientes con algo más efímero y circunstancial: sus sándwiches de chorizo, que en estos momentos cotizan a siete bolivianos (algo más de un dólar al cambio) y se venden casi mejor que el iPhone tras el lanzamiento de un nuevo equipo. En los más de treinta años que lleva en el rubro gastronómico, Elvira ha despachado alrededor de tres millones y medio de chorizos. O lo que es lo mismo: ha dado de comer a toda una legión de hambrientos.

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¿Basura o comida? Las siete vidas de los alimentos en El Salvador

En El Salvador, 9% de la población vive en la pobreza extrema con menos de un dólar diario mientras más de 50% de la basura es de origen orgánico. No todo ese porcentaje es alimentos pero basta compartir la jornada con los pepenadores que viven apostados en el camino que conduce al mayor relleno sanitario del país para ver que en la basura hay muchísima comida desperdiciada, desde bolsas de papas fritas, masa para pizza y botellas de soda selladas, hasta huevos y barriles con pollitos vivos.

Por Glenda Girón

Uno tras otro, hasta llegar a cinco, pasan los camiones repletos por delante de cuatro jóvenes -son cinco, si se cuenta al que está con una borrachera que lo tiene casi inconsciente- sentados bajo la ramada a la orilla de la calle mal pavimentada. De repente, un camión de basura logra sacarlos de la plática sobre el saldo del teléfono o de por qué se emborrachó el compadre. Ese camión que los hace reaccionar en segundos lleva, entre otras cosas, pollitos vivos.

La forma de operar es casi siempre la misma. Los baches del camino obligan a los conductores a reducir la velocidad, lo suficiente para que los jóvenes afiancen primero un pie y luego el otro en el camión. Los muchachos toman lo que les cabe en las manos y cuando pueden se auxilian con cualquier objeto que encuentran dentro del camión para acaparar más: bolsas, cajas, pedazos de guacal o retazos de ropa. Se bajan unos metros más adelante, casi siempre sonrientes, satisfechos con el botín conseguido.  Sigue leyendo

Rumbo al Norte. En el Río Grande, la crisis migratoria también se alimenta de niños

Decenas de miles de menores de América Central intentan cruzar la frontera hacia los Estados Unidos huyendo de la violencia y la pobreza en sus países. El problema de las migraciones de niños, que ya desvela a Europa, ahora también atraviesa la campaña electoral del Congreso estadounidense.

Por Sebastian Schoepp

El Valle de Sula es un fértil valle en Honduras que se extiende hacia la costa caribeña. En sus laderas crece el bosque seco tropical y en el valle inferior están los mejores suelos, de donde brotan bananas, caña de azúcar, palmeras, cereales y cítricos. A su vez, desde hace ya algunos años se están abriendo paso las llamadas maquiladoras, fábricas textiles de dueños estadounidenses o chinos que son las responsables de una gran parte de la actividad económica de este país pobre, por lo que habitantes de toda Honduras acuden en masa a San Pedro Tula y sus suburbios en búsqueda de trabajo.

¿Un idilio económico? Todo lo contrario. Los puestos de trabajo son muy escasos. Las esperanzas de una vida mejor son brutalmente destrozadas. El desarraigo y la falta de perspectivas, así como el peso del pasado han hecho surgir una espiral de pobreza y violencia extremas que ha transformado a San Pedro Sula en la ciudad más peligrosa del mundo. El riesgo de sufrir una muerte violenta es mayor que en Bagdad o Kabul. La tasa de homicidios, con 96,4 casos por cada 100.000 habitantes en el año 2013, es la más alta del mundo, y no caben dudas de que esta cifra volverá a aumentar este año, como todos los años. Las ciudades populosas de países vecinos como Guatemala y El Salvador no presentan guarismos mucho mejores.

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Papayas, langostinos, drogas y basura. Una torre de Babel colombiana

Corabastos es mucho más que el segundo mercado de alimentos más grande de América Latina. Con sus puertas abiertas 362 días al año, el centro que abastece al 20% de la población de Colombia es también uno de los principales focos criminales de Bogotá por el que pasaron los paramilitares, las FARC y las redes de narcotráfico, y un ejemplo de la desigualdad crónica que se vive en el país: cada día, 120 toneladas de comida apenas magullada van a parar a la basura, de la que se alimentan decenas de mendigos. 

Por Nicolás Martínez

Son las dos y media de la madrugada y por los pasillos que forman las grandes bodegas de esta plaza se ven las primeras personas que empiezan su día laboral. Mientras el resto de la población bogotana duerme, la actividad no para en la Central de Abastos de Bogotá, conocida como Corabastos. Cada minuto entra una bicicleta, una moto, un carro, una camioneta, un camión. El desfile de gente no cesa a ninguna hora, que llega a la capital de Colombia para comercializar cerca de 12 toneladas de alimentos que circulan todos los días en la segunda plaza de mercado más grande en América Latina después de la Central de Abastos (CEDA) de la Ciudad de México.

El viento que sopla es frío e incisivo, ese que penetra hasta los huesos, propio de las madrugadas de la sabana de Bogotá, ubicada a 2.600 metros sobre el nivel del mar. A medida que el reloj avanza, el flujo de gente se incrementa. La actividad y el ruido empiezan a tomar las 57 bodegas que componen el centro de acopio, que almacena frutas, verduras, hortalizas, granos y procesados que llegan de todos los rincones del país y de algunas regiones del mundo. Pero también es un mercado de pescados, mariscos, y una variedad de tiendas de desechables, productos químicos, ferreterías y panaderías. Son 4.200 metros cuadrados construidos en el sudoeste de una ciudad que ya supera los ocho millones de habitantes.

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Nómades y cazadores. Tesoros alimentarios en una montaña de basura

Del consumo voraz de comida-chatarra en los grandes malls a la búsqueda de alimentos en los basurales del Gran Buenos Aires, un recorrido que revela las conexiones entre la pobreza, el consumismo y la alimentación industrial.

Por Soledad Barruti

Juan y Tomás entran a Unicenter y salen corriendo para perderse en la multitud. Llevan recorridos sus 11 años de vida en colegios privados y salidas de días libres a lugares como este: un shopping lleno de gente y objetos que algún día van a poder comprar con su propio dinero. Son puro deseo, atravesados por la ferocidad del marketing infantil que surgió en los años 50, se fortaleció en los años 80 y despuntó hace apenas 15 años cuando los chicos empezaron a pasar un promedio de 25 horas por semana frente a la televisión y tuvieron acceso ininterrumpido a Internet y a toda la propaganda no convencional que pueda imaginarse.

Llevan 100 pesos en el bolsillo (alrededor de 10 dólares), que esperan estirar con los vales de McDonald’s que les dieron a la salida del colegio para promocionar la nueva hamburguesa «italiana» a solo 22 pesos. Antes de enfrentar la cola demorada del local, ubicado en la esquina más transitada de ese patio de comidas en el que entran 1.800 personas sentadas, recorren negocios de ropa para los adolescentes que sueñan ser: miran zapatillas, remeras, cadenas. Uno de ellos –rubio, ojos transparentes, dientes blancos poco crecidos, cuerpo delgado y tenso– lleva una calavera plateada colgada de la muñeca y esconde la cruz de plata del bautismo bajo la remera porque no sabe si va bien con la actitud que quiere tener. El otro –morocho, el cuerpo blando y blanco, más inseguro, o más tranquilo, igual de alto– camina dejándose llevar por su amigo. Cada tanto toca su celular para ver si suena: la única regla de la salida es que no olviden que la madre de Tomás los espera en la entrada de los cines y que si el celular suena, ellos tienen que atender. «En ciudades que se fracturan y se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado al tono de una época», escribió en los años 90 la ensayista Beatriz Sarlo para describir los shoppings: artefactos perfectamente adecuados a la hipótesis del nomadismo contemporáneo.

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