Un viaje, un gadget

Por: Isadora Borges Monroy, California / México D.F.

A fines de 2010 tuve la oportunidad de concursar para un intercambio semestral que ofreció la Universidad Nacional Autónoma de México para California. Como resultado, gané una plaza para venir al campus de Irvine de la Universidad de California, una ciudad de 104 kilómetros en el famoso Orange County. A pesar de su pequeñez a comparación de la Ciudad de México, mi urbe natal, el censo nacional la colocó como la 98º ciudad más grande del país. Y, contrario a lo que muchas otras ciudades encuentran, el FBI (Federal Bureau of Investigation) la ha catalogado como la ciudad más segura donde vivir por seis años consecutivos.

La crisis no ha impactado los altos niveles de empleo, y además de la universidad en donde me encuentro actualmente, los empleadores más grandes de la zona alternan entre aquellas relacionadas con la industria de la salud y la de telecomunicaciones.

Todo esto no es una descripción en vano. En realidad, por lo menos en términos de la universidad, la afluencia no se siente en los mismos términos burdos que llegan a demostrar mis conciudadanos. Veo a muchos más estudiantes como yo tomar el camión gratuito de la escuela para ir al mega-super al otro lado de la carretera, en lugar de ir al pequeño establecimiento semi-boutique, Trader Joe’s, enfrente de la universidad. Sí, también veo estudiantes de licenciatura con prendas o bolsas de marcas que en México me harían pensar “mira a este nouveau riche…”, pero los sábados encuentro a numerosos estudiantes buscando las baratas en tiendas nada sofisticadas ni conocidas por sus productos de extraordinaria calidad.

Pero sí hay una expectativa generalizada cuando se trata de acceso a tecnología. Ningún profesor pregunta si alguien no tiene acceso a una computadora, y no tendría por qué. Aunque el estado de California enfrenta serios debates sobre su déficit de presupuesto, y actualmente se está librando un debate sobre un recorte al financiamiento para la educación superior y un incremento al costo de la matrícula, la universidad tiene un alto acceso a computadoras para el uso personal de sus residentes, en sus múltiples bibliotecas y en laboratorios académicos, internet inalámbrico gratuito en casi todas las zonas del campus y Ethernet gratis en los dormitorios. Además, mi adquisición personal de un iPod touch ha venido a reemplazar mi iPod clásico y mi Palm TX (dispositivo que, aunque en muchos respectos fue pionero, entró en bancarrota y tuvo que ser rescatado por HP, pero que sigue teniendo problemas para renacer) se vio precipitado por esta expectativa que los estudiantes tienen de que todos usualmente tienen contratos de telefonía celular con acceso a Internet. Los establecimientos de autoservicio venden tarjetas de recargo para celulares, como lo hacen en México, pero ningún estudiante estadounidense los usa. La informalidad de “quedarse sin crédito” no sucede aquí. Todos tienen planes ilimitados de mensajes y acceso a Internet.

Reitero, no estoy haciendo una descripción en vano o publicidad. A lo que quiero llegar es que bajo estas condiciones, la universidad tiene una planeación informática envidiable. El sistema bibliotecario tiene servicios para preguntar a una bibliotecaria a cualquier hora del día por chat, correo o por teléfono e implementa servicios como los códigos QR. Todas las clases tienen su sitio de Internet y los profesores están constantemente actualizándola con las presentaciones y lecturas necesarias para el curso, haciendo los documentos accesibles en pdf u Office lo más posible, y sugiriendo comprar los libros digitales en lugar del libro físico (no obstante que la universidad tiene un sistema de compra de libros usados tan extenso que permite a los estudiantes decidir si invierten en un libro nuevo, uno usado, y si lo devuelven al final del trimestre). Las infames filas para fotocopias de la UNAM son inexistentes aquí, pero comprar libros digitales con una tarjeta que no es de Estados Unidos es imposible. Grandes editoriales y vendedores de libros electrónicos se rehúsan a aceptar tarjetas con una dirección fuera del país y para dar de alta una tarjeta de débito pre-pagada requiere de acceso a un celular, con fondos suficientes para recibir mensajes de verificación – porque aquí no han reglamentado que “el que llama paga”.

Y, finalmente, bajo esa misma expectativa de que sus estudiantes tendrán Internet en sus celulares y estarán siempre conectados, su establecimientos académicos y sociales rápidamente integran funciones de  geo-localización patentadas por Google en el 2005–empresa que, para regresar a la descripción inicial, tiene oficinas a unas cuadras de la universidad– por lo cual es de esperarse que sus programas en beta llegan rápidamente a estas instalaciones. Después de estar horas estudiando en la biblioteca, uno sabe que una rápida búsqueda en tu dispositivo móvil por Facebook te enseñará quién de tus amigos está en el bar de la universidad; y si no estabas en el campus, la función de Google Maps te dirá qué camión tomar para llegar.

4 pensamientos en “Un viaje, un gadget

  1. Interesante panorama. En Colombia tenemos un contraste parecido, aunque sin salir del país podemos ver las diferencias abismales entre algunas universidades públicas y otras privadas, que se parecen mucho a lo que describes. También en Colombia hay una preocupante brecha de acceso entre zona rurales y urbanas… -de la que ya hablaremos más adelante.

  2. Interesante, es cierto lo que comentas, qué bien que tuviste oportunidad de estudiar allá. Está buenísimo el comentario sobre la fila en las copias, es cierto. Brechas abismales ¡¡¡

  3. Durante las últimas dos semanas he estado viajando por Líbano que según varios estudios que he leído, tiene de las conexiones más lentas que existen en el planeta. De hecho, casi siento que estoy de regreso al modem telefónico con el que ponías a cargar tu correo electrónico, te ibas a bañar y regresabas para ver que apenas estaba terminando de cargar la página.

    Me parece que los experimentos sociales alrededor de las nuevas tecnologías, en particular en lo que se refiere a proyectos educativos, son sumamente interesantes. Sin embargo, no demos por sentado que ello deja de ser un privilegio para algunos países, para las élites globales. ¿Qué hacemos para abrir estas experiencias para todas las demás personas del planeta?

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