Del surrealismo legal al dramatismo político

Por Juan Calderón, Tegucigalpa (Honduras)

Eran tiempos no tan remotos de un lugar perdido en el centro de un mapa, eran honduras y fangos, unas morales y los otros materiales.

Para colmo ese día las leyes invirtieron su efecto, por primera vez la gravedad encontraba formas de repeler a las masas entre sí; de repente las cargas iguales se atraían y las opuestas optaban por repelerse. El plomo ascendía en la mar y corcho estrepitoso se hundía.

Todo parecía indicar una singularidad en el tiempo y en el espacio. Lo que más incertidumbre causaba entre los despiertos era la causa de estos impensables sucesos ¿Es que acaso la diosa Themis había decidido abandonar sus principios atentando contra su misma ley? ¿O es que esta vez, lo oculto salía al sol y la pureza por fin había sido violada en público?

Esta vez “El traje nuevo del emperador” no era de lino fino, ni aún su desnudez; era la vestidura simple de la noche…

La oposición que alentó y financió el golpe de estado acusó formalmente a Manuel Zelaya argumentando que él planeaba alcanzar más de un millón de votos a favor de la cuarta urna para luego, con ese respaldo demostrado, anunciar la disolución del Congreso nacional y la convocatoria inmediata a la Constituyente para después suspender el proceso electoral y ser reelecto en el cargo, ahora  como dictador… Si a estas falacias sumamos el hecho de que el mismo Osama parecía seguir tan perfectamente el tan inconfundible patrón de una conveniente historia de fantasía…concluimos que “si puedes creer, todo es posible”.

Así como se trató de un invento, creación de la irracionalidad política de nuestros diez linajes de bárbaros incultos, los miedos y prejuicios conservadores de la derecha hondureña lograron su primer propósito a corto plazo:

1. Crear la maldita duda en nuestras mentes, aquel famoso, “…no sé pero,  ¿y que tal si sí?…”. Lo peor de todo es cuando nos quedamos ahí y nunca tomamos la decisión de llegar  a la verdad.

A dos años de vida del surrealismo legal, éste se tornó insostenible, no había pruebas legítimas, no se habían seguido los procedimientos correctos, nos encontrabamos ante la venganza de Némesis.

Aquellos juicios, cuyos creadores habían desaparecido, eran como un mal engendro que nadie quería admitir; llegó su acabose, que como cualquier final forzado dio su última y bulliciosa lucha en el intrincado campo de las cajas cirqueras, como tratando de entretenernos hasta el último segundo para no tener que edificar las nuevas mentiras, las verdades del mañana.

En sustitución de esta absurda legalidad que nos acogió, ahora los hondureños, y el mundo, sufrimos un ridículo y muy desagradable teatro político en el cual día a día se nos da de comer atol con el dedo, el cual solo podemos resistir con el esfuerzo de la madurez que solo los chichotes, de una vida política de garrotes y gorilas, nos pueden otorgar.

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