Voto electrónico: ¿solución real o tecnoentusiasmo falaz?

Voto electrónico
Por: Damián Profeta, Buenos Aires (Argentina)

Junto con las recientes elecciones provinciales en Salta, cobró fuerza un discurso que predica las supuestas propiedades maravillosas del tan mentado voto electrónico. El principal argumento, lanzado especialmente desde los medios de comunicación -enviciados con el “minuto a minuto”- es que el voto electrónico le da una rapidez inusitada al recuento de votos y los resultados se tienen en pocas horas, incluso, minutos.

Otra parte del discurso a favor del voto electrónico pasa por la supuesta modernización y adecuación a los tiempos actuales que supone la implementación del voto electrónico.

Claro, también están las opiniones interesadas. Siempre aparece algún consultor que habla loas del voto electrónico… porque es parte del negocio.

Finalmente, están los que defienden el voto electrónico porque evitaría distintas maniobras conocidas que tienden a manipular el voto: voto encadenado, compra de votos, vaciado de urnas, robo de boletas, etc, etc.

Desde mi punto de vista esos son los únicos que merecen un poco de atención, ya que el argumento de la velocidad o el de “lo moderno” no tienen nada que ver con el fortalecimiento democrático ni con ninguna virtud cívica.

La gran pregunta que me surge es ¿cuál es la necesidad de cambiar nuestro actual sistema de votación “analógico”?

Puedo imaginar que va a dificultar el voto cadena y la compra de votos. Ah, y sí, el recuento va a ser más rápido. Pero esas potenciales ventajas son suficientes para justificar el voto electrónico? Yo creo que no.

Sencillamente porque estoy convencido de que el voto encadenado y la compra de votos no resultan “pésimos” democráticos de significancia en nuestras elecciones. Claro que existen y, quizás, en la política local pueda tener alguna relevancia en el resultado, pero aún aceptando eso, una vez implementado el voto electrónico, seguramente aparecerían otros “pésimos” y métodos similares a los que queremos evitar.

La tecnología no es magia. Es tecnología.

El fraude

Alguno va a decir: con el voto electrónico evitamos el fraude, como el vaciado de urnas, el cambio de votos y los acuerdos entre fiscales para repartirse votos si los fiscales de otros partidos no están presentes al momento del recuento. Puede ser cierto.

Pero lo que llamamos fraude, otra vez, estoy convencido de que representa desviaciones mínimas de la voluntad popular.

En los casi 30 años que pasaron desde la recuperación democrática, ningún actor social y/o político sostuvo seriamente denuncia alguna de fraude. Y por eso podemos decir que en las elecciones argentinas no hay fraude.

Entonces… el voto electrónico no viene a evitarlo. Por el contrario, y esto sí es relevante: los sistemas computadorizados (y tanto más si están en red) guardan la posibilidad de sabotaje (hackeo) de dimensiones masivas y a bajo costo, ya que se trata de manipular ceros y unos. Además, los argentinos ¿confiamos en los sistemas informáticos?

Si todavía confiamos más en el mozo que se lleva nuestra tarjeta de crédito a la caja que en hacer una compra por internet

Pongámonos serios:

Por supuesto que cuando se habla de voto electrónico se engloba bajo un mismo nombre un conjunto diverso de posibles implementaciones del mismo, desde urnas-terminales en red a mecanismos mixtos donde lo electrónico se parece más bien a una impresora, pasando por sistemas de voto a distancia, entre otras opciones.

Más allá de las escasas ventajas y los potenciales riesgos (reales o que generen desconfianza o dudas “razonables”) del voto electrónico para un país como Argentina, hay algunos aspectos que deben garantizarse, cualquiera sea el sistema que se utilice.

El sistema de votación debe garantizar el caracter secreto (anónimo) del voto. No debe haber manera de individualizar a un votante con un voto determinado.

Otro aspecto que cualquier sistema debe garantizar es que sólo puedan votar los que están habilitados a hacerlo y con una forma veraz de autenticar la identidad del votante.

La integridad del voto también es imprescindible. El sistema debe garantizar que no se desvíe la voluntad del votante en ningún momento del proceso eleccionario.

Finalmente, pero no menos importante, debe existir la posibilidad del monitoreo ciudadano del proceso electoral. El sistema actual lo permite, en cambio el voto electrónico fracasa a la hora de la deseable promoción de la participación ciudadana en las elecciones (más allá del simple acto de votar), ya que se trata de sistemas computadorizados que sólo pueden ser auditados por expertos.

Hoy, nuestro sistema en papel es fácilmente auditado por cualquier persona con instrucción básica.

Puede ser que el voto electrónico sea tan inevitable como la masificación del teléfono celular. Y puede ser que con el tiempo se disipen las dudas y la ciudadanía se apropie de un sistema así.

Pero es importante primero tener un debate con mirada amplia y no solamente dejarse llevar por el tecnoentusiasmo.

Link de interés:

– Libro: Voto electrónico: los riesgos de una ilusión

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