Un viaje, un gadget – parte 3, o libros electrónicos y paranoia

Por: Isadora Borges Monroy, México D.F./California

Un libro sin marcas es un libro que no fue leído. Por supuesto que marcar un libro de la librería es una falta de respeto, pero cualquier otro libro debería tener marcas del lector: señalamientos, comentarios, correcciones ortográficas de aquellos minuciosos lectores, dobleces en las páginas para recordar pasajes y notas que refuten argumentos. Estas huellas sentimentales o académicas me recuerdan de la premisa central de filósofos contemporáneos como Cory Doctorow: las ideas no deben ser tratadas como contenido y propiedad, porque no pueden ser contenidas (o encerradas).

Lo que yo leo no debe quedarse estéril en una página, no si es de interés, no si contribuye a mi comprensión intelectual. El mundo de las publicaciones se encuentra en un momento difícil: aunque ha habido grandes avances en alfabetización, pocos adultos leen por placer y la variedad de fuentes de donde podemos obtener noticias se ha expandido a expensas de la protección de la profesión periodística. En general, la presión viene de dos lugares: más cosas compiten por nuestra atención (¿estoy en internet chateando con amigos, veo televisión, leo, escucho música, o mejor podcasts de entretenimiento, o mejor de noticias?) y hay más contenido una vez que se superan barreras como acceso a internet o televisión de paga. Confrontados con esta escena los viejos jugadores se han tratado de proteger con diversos mecanismos, ya sea en la presentación de sus productos, o recursos jurídicos.

Específicamente en el mundo de las publicaciones han surgido dos tendencias y una nueva propuesta. La primera es la idea de liberar los textos y la segunda es cobrar por su acceso e impedir su difusión por medios no autorizados lo más posible. En el caso de noticias, la primera situación parece estar ganando. A pesar de que mi familia se suscribe a un periódico y nos llega a casa todos los días, podríamos tener acceso gratuito a todo su contenido en línea. En Estados Unidos muchos periódicos han visto sus subscripciones e ingresos de anuncios disminuir dramáticamente durante los últimos años.

El periódico The New York Times intentó varios modelos desde la década de los noventas, intentando limitar el contenido que alguien podía ver gratis por tipo de artículo (las noticias son gratis, las opiniones no), luego por periodo (las ediciones recientes son gratis, acceso al archivo histórico más allá de unos cuantos meses no), y ahora con un sistema de subscripción donde quienes reciben el periódico en casa tendrán acceso ilimitado al contenido en línea, y quienes no lo son podrán ver 20 artículos al mes gratis y si quieren más tendrán que convertirse en miembros digitales, además de que quienes quieran ver noticias en dispositivos móviles sólo podrán leer las noticias más importantes sin pagar por dicha subscripción, como uno de los primeros modelos con el que experimentaron.

En el caso de las editoriales de libros, el consumo de libros entre quienes tienen el hábito de hacerlo bien puede ser salvado por sistemas de publicación en demanda, audiolibros (que tienen la capacidad de incorporar a su público a gente que usualmente no lee, por problemas de analfabetismo, falta de tiempo, edad, etcétera), y aumentado por libros digitales, cuyas ventas en Estados Unidos y otras partes del mundo han revertido el descenso de ventas de libros y para algunas grandes librerías son mayores que sus versiones físicas. Sin embargo los libros digitales no son una panacea.

Primero, la competencia está básicamente centrada entre Amazon Kindle, iBooks de Apple y Google books. Amazon Kindle ha quitado la primera barrera al permitir acceso a su colección de libros digitales a quienes no tienen el dispositivo Kindle pero se requiere operar en el formato .epub; en opuesto los libros de Google están hechos para leerse en una computadora y los editores pueden decidir si permiten su sindicación a dispositivos móviles a través del formato epub o por pdf. iBooks es el más restrictivo – hasta hace poco uno no podía siquiera ver si un libro estaba disponible a través del software para iDispositivos (iPod, iTouch, iPhone, iPad, …) en una computadora, sino que se debía hacer a través de dicho dispositivo, y sólo recientemente tiene interoperabilidad con archivos en pdf.

Y para cada uno hay especificaciones sobre qué puedes hacer con el texto. ¿Puedes subrayarlo en la computadora? Depende. ¿Tu dispositivo puede correr programas de los competidores? Kindle no, Google depende del permiso de las editoriales, Apple acaba de permitir aplicaciones de Kindle y Google Books en sus iDispositivos pero ahora quiere cobrarles 30% por todas las ventas de cualquier libro que no sea comprado por su tienda (la misma cantidad que las editoriales estaban dispuestos a dar de descuento a dichos distribuidores). ¿Puedes trasladar lo que subrayaste y anotaste desde tu iDispositivo? No. Y para finalizar, ¿los tres tienen las mismas colecciones? No.

Aquí es donde entra la paranoia. A pesar de que parte central en la dinámica entre lectores es hacerse recomendaciones y prestarse libros, esto es imposible dado que los tres grandes distribuidores usan un candado de administración de derechos digitales (DRM, Digital Rights Management). Sin embargo, por lo menos a Amazon y Apple les interesa que te acostumbres a leer en sus dispositivos, por lo que permiten importar los libros que no puedes conseguir en su colección en el formato .epub sin DRM. ¿Cómo? Sólo si sabes quitarle el candado a un libro que es tu propiedad, si consigues una edición de un libro cuyo copyright expiró (como del Proyecto Gutenberg) o si es una publicación en copyleft. La legalidad de esto, y en quién recae la responsabilidad está en debate y depende de en qué país estés, cual sea el veredicto del juicio más reciente, etcétera.

Pero el problema recae en esto: para quienes somos lectores y nos gusta la convencionalidad de tener una vasta biblioteca de música, y ahora de libros digitales, para quienes nos gusta poder buscar un par de palabras en la computadora y encontrar la cita, o desmenuzar todo lo que hemos subrayado hasta encontrar “algo que leí hace mucho”, para compartir un libro como lo hemos hecho hasta hace poco, para quienes queremos copiar, pegar y citar el texto en una publicación, la sistemática interoperabilidad de los libros digitales es fundamental para el éxito de éstos. La industria de las publicaciones y los intelectuales que viven (o que quisieran vivir) de sus escritos tienen que defender la noción de que las no pueden ser propiedad de los distribuidores intermediarios. Si la tecnología no nos está liberando, nos está subyugando a jugar bajo sus reglas – que no siempre son las mejores.

El fracaso de DRM fue tangible en la industria de la música, y aunque las tiendas de discos estén rápidamente yendo a bancarrota, esto no significa que los músicos están en riesgo de extinción. iTunes fue la salvación de la música no porque se opuso a la música digital sino porque generó un modelo legal y económicamente exitoso que satisfizo a los productores (y, debatiblemente, para los consumidores) en una forma que Napster no pudo. Y lo mismo está pasando con la industria del cine: es mejor iTunes, Netflix y otros servicios de subscripción digital legal. La letra escrita tiene que seguir el mismo curso, pero aprendiendo de los errores pasados y evitando generar nuevos problemas que solo incrementen la triste situación de que la gente no lee.

Un pensamiento en “Un viaje, un gadget – parte 3, o libros electrónicos y paranoia

  1. Muy interesante punto de vista y apreciación.
    Yo muestro entusiasmo por la tecnología, sin embargo no cambio los libros. Me encanta leer, pero como buen gusto de la vida, no quiero complicarlo y volverlo odisea. Qué lindo visitar la librería y tomar cada libro, abrir sus páginas y ver qué tiene dentro. Además de que no tengo el dinero suficiente para adquirir uno de esos objetos.

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