La vida de los otros

Imagen: Newsoftheworld.co.uk

Por Jimena Zuluaga, desde Bogotá

El 10 de julio pasado, los medios del mundo registraron al unísono una noticia: The News of the World, el diario británico amarillista más leído -y tal vez más antiguo, fundado en 1848- publicó su última edición. Su cierre obedeció a un vergonzoso escándalo: tras varios años de sospechas, se confirmó que sus reporteros estaban interviniendo ilegalmente –chuzando las líneas telefónicas de celebridades, deportistas, políticos, miembros de la realeza, y ciudadanos víctimas de la guerra y la delincuencia. Los medios hablan de cuatro mil líneas intervenidas.

El impresionante caso que se convirtió en una de las pruebas en contra del tabloide fue el de Milly Dowler, una niña raptada y asesinada en marzo de 2002. Su cuerpo fue encontrado cinco meses después del secuestro, sin embargo, durante el tiempo que pasó entre el rapto y el hallazgo del cadáver, sus familiares alimentaron la esperanza de que estaba viva porque su el buzón de su teléfono celular se desocupaba cuando se llenaba. Pero lo que se descubrió con el escándalo de News of the World es que eran los periodistas –o sus espías pagados- quienes borraban los mensajes antiguos, ávidos de información nueva sobre el caso. Escabroso.

Y el escándalo se ha amplificado, además, porque el dueño del diario es nada más y nada menos que Rupert Murdoch, el gran poderoso de los medios de comunicación del mundo, archiconocido por dos cosas: anteponer el dinero al periodismo y simpatizar con el partido republicano desde sus medios de información –para más detalles, sintonizar Fox News.

Murdoch dijo ante el parlamento inglés que el escándalo le resultaba humillante y que desconocía por completo las prácticas de los reporteros del tabloide. Su grupo de medios, News Corporation, ya registra pérdidas en las bolsas de Nueva York y Sidney. Pero más allá de la plata, ¿qué pasa con el periodismo?

En un mundo perfecto, los periodistas, antes que cualquiera, deben anteponer el respeto y la protección de sus fuentes a su sed de primicia –o de pauta, o de ventas. El periodista es el llamado a hacerse las preguntas que puede no hacerse la fuente: ¿ hacer pública esta información vulnera el derecho a la intimidad de un ciudadano? o ¿ es realmente relevante para la historia periodística –y para la opinión pública- revelar detalles íntimos de los protagonistas?.

No es novedad que estas consideraciones no aplican a los periódicos sensacionalistas, que se apartan por mucho de la ética del periodismo informativo. Sin embargo el escándalo de News of the World es un episodio histórico en el debate sobre la frontera entre lo íntimo y lo público en los medios de comunicación.

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