Un fin de semana con Irene

Foto: Flickr de kittylittered

NUEVA YORK, por Jimena Zuluaga

Hace un par de semanas llegué a vivir a Nueva York. Había venido antes, pero como bien me dijeron muchas personas, de-paseo-es-diferente.

Una semana después de llegar, mientras nos instalábamos –con marido- en nuestro minúsculo apartamento, empezamos a tener noticias de lo que sería nuestro fin de semana: amenaza de huracán en la ciudad. El ciclón Irene, nacido en el Atlántico, se había convertido en un huracán de categoría 2 y amenazaba toda la costa este del país.

“No puede ser tan grave –pensamos-. Los huracanes son en el sur y además este país está preparado para todo”.

Le preguntamos a los amigos colombianos si había que asustarse, esperando que nos dijeran que no. Pero nos dijeron que no tenían ni idea, que era su primera vez también –y varios de ellos llevan muchos años aquí. Tratamos de hacer la-vida-normal durante los dos días previos a la tormenta, pero conforme pasaron las horas empezamos a ser testigos de cómo la tensa calma se apoderaba de la ciudad. En la calle no se hablaba de otra cosa.

Los medios publicaban mapas del minuto a minuto del avance del huracán y pronto el gobierno local hizo dos anuncios casi inverosímiles: 300.000 personas debían evacuar sus viviendas por estar en zonas de riesgo y el metro de la ciudad sería cerrado durante la tormenta. Primera vez en la historia que sería suspendido por una alerta de desastre natural. Consultamos el mapa de evacuación: estábamos a salvo, pero a pocas calles de una zona A (es decir, de evacuación).

Marido y yo empezamos a pensar que estábamos tomando la emergencia con demasiado folclor latino, así que tarde ya decidimos comprar pilas para la linterna y un radio transistor. No encontramos un solo par de pilas en varios mercados del barrio y en una enorme tienda de departamentos. Vimos con sorpresa que además en varias tiendas se habían acabado además el pan y el agua embotellada. Sin embargo, la gente respetaba las (infinitas) filas en el mercado y los turnos para caminar y para conducir –el que primero llega, pasa primero. No cundía el pánico. Todos como si nada, pero temiendo lo peor.

“Así es una emergencia natural en el primer mundo”, pensé. Nos resguardamos en casa, cerramos las ventanas, la reja de la escalera de incendio -nos copiamos de los vecinos, pensamos que sería por si se rompían las ventanas (?)- y nos sentamos a esperar a que llegara Irene.

No tenemos televisión, así que nos pegamos a Internet. Pero mi generación es hija de la transmisión en directo: decidimos oír radio… sólo que no sabíamos qué emisora sintonizar. De nuevo perdidos. Finalmente dimos con la radio pública, justo a tiempo para las instrucciones finales del alcalde Bloomberg antes de la tormenta: “Ya no es hora de salir a la calle, resguárdense en casa o en los refugios y eviten montar en kayak” –dos astutos acababan de ser rescatados. Ah sí: y para el resumen en el particular español del alcalde.

Pronto el huracán fue TT en Twitter y el New York Times tenía una galería inmensa de fotos de usuarios del paso de Irene por toda la costa. Las fotos eran temerarias –aunque algunas divertidas.

Finalmente llegó la tormenta y apenas la sentimos. Un aguacero con viento. Tras una larga noche, amanecimos esperando ver la calle inundada, las ventanas rotas y los árboles caídos. Nada de eso pasó. Sólo se cayeron algunas hojas –aunque amigos nos contaron que en su calle sí se cayeron árboles. A media mañana ya los vecinos paseaban perros y bebes y la vida volvía a la normalidad.

Nosotros, todavía medio lelos y con el pánico trasnochado, no nos atrevimos a salir a la calle hasta el día siguiente. Y ya nadie hablaba de la tormenta.

* Jimena es antropóloga y periodista, editora de usuarios del sitio web www.lasillavacia.com. Actualmente cursa un posgrado en Media Studies en la New School de Nueva York, Estados Unidos.

12 pensamientos en “Un fin de semana con Irene

  1. Pingback: Un fin de semana con Irene «

  2. Realmente nunca se sabe bien cómo reaccionar ante estas catástrofes naturales hasta que las vives por primera vez. A veces nos dejamos llevar por el pánico y otras todo lo contrario. Por ejemplo, aquí en España alguna vez a habido un “temblor” casi imperceptible y la gente se altera muchísimo porque nunca lo ha vivivdo y ya hablan del “terremoto” que ha pasado… cuando apenas se ha sentido. En cambio yo pasé años en Chile despertándome a media noche para ponerme bajo el umbral de la puerta totalmente tranquila, pues ya estaba completamente acostumbrada a los temblores flojos y más fuertes que suelen ocurrir en ese país. Eso sí, es cierto que por suerte nunca tuve que vivir un terremoto.

  3. Realmente nunca se sabe bien cómo reaccionar ante estas catástrofes naturales hasta que las vives por primera vez. A veces nos dejamos llevar por el pánico y otras todo lo contrario. Por ejemplo, aquí en España alguna vez a habido un “temblor” casi imperceptible y la gente se altera muchísimo porque nunca lo ha vivivdo y ya hablan del “terremoto” que ha pasado… cuando apenas se ha sentido. En cambio yo pasé años en Chile despertándome a media noche para ponerme bajo el umbral de la puerta totalmente tranquila, pues ya estaba completamente acostumbrada a los temblores flojos y más fuertes que suelen ocurrir en ese país. Eso sí, es cierto que por suerte nunca tuve que vivir un terremoto.

  4. Jimena, muy interesante tu experiencia, y sirve para muchos.
    Me gustaria preguntarte algunas dudas que tengo sobre la vida en N.Y y como es estudiar allá. Espero que no sea molestia. Te dejo mi e-mail y ojala puedas contactarte conmigo.

  5. “Marido y yo empezamos a pensar que estábamos tomando la emergencia con demasiado folclor latino” Mi frase preferida de toda la crónica. Le ganó al “Dos astutos acaban de ser rescatados” del alcalde.

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