Conquistar la cima sagrada


MELBOURNE, por Martín Obaya

El destino final de nuestro viaje al desierto australiano fue el parque nacional Uluru-Kata Tjuta, en el centro mismo del país, donde se alza Uluru (o Ayers Rock), un monolito de 348 metros de altura y casi 10km de circunferencia. Quise compartir mi experiencia de la visita al parque porque, creo, ofrece una pincelada sobre una problemática central de la sociedad australiana: las tensiones entre las culturas occidentales y aborígenes.

Desde la llegada al complejo turístico que se encuentra junto al parque nacional hasta la llegada misma al monolito se suceden una serie consejos/advertencias de tono ambiguo y difícil interpretación. En la recepción al camping, en los folletos, en los boletos de entrada al parque, en el estacionamiento se repite: “Usted está por escalar algo sagrado…no debería hacerlo”; “Estado del camino: abierto”; “Nosotros no subimos”.

Las maniobras de persuasión se complementan con el establecimiento de estrictas condiciones que deben verificarse para mantener abierto el camino de ascenso. La escalada está prohibida los días de viento, los días de humedad, los días de calor extremo, los días de lluvia, después de las 8 am en verano y los días de celebración aborigen. Sin embargo, estas condiciones están escritas en un cartel que se encuentra justo antes de un largo camino que conduce a la cima del monolito y que está señalado por unas cadenas que tienen como finalidad facilitar la tarea a los escaladores.

Tenía la sensación de encontrarme frente a un complejo de salas de cine con pantallas 3D y sonido de última generación que anunciaba sus películas con carteles del tipo “Dijo The New York Times: pésima”.

Con la esperanza de terminar con la confusión me sumé a la visita guiada ofrecida por el parque. Los primeros diez minutos estuvieron dedicados a explicar los motivos por los cuales nadie debería escalar Uluru. En primer lugar, se trata de un lugar sagrado para los aborígenes propietarios de aquellas tierras. En segundo lugar, se encuentran las razones de seguridad: la escalada exige un alto esfuerzo físico (38 personas han fallecido en su intento por alcanzar la cima). En tercer lugar, se presentan motivos ambientales, ya que la roca ha sufrido en estos años una gran erosión y el agua ha aumentado sus niveles de contaminación.

Durante la exposición del guía noté que mi desconcierto era compartido por el grupo. Surgió entonces el valiente que juntó ánimo y preguntó: “¿Por qué, si es un lugar sagrado, si es tan peligroso subir y tanto daño está sufriendo el monolito no prohíben directamente el ascenso?

Nuestro guía, que parecía estar esperando la pregunta de rutina, develó el misterio. En 1985, el gobierno australiano devolvió a la comunidad aborigen Anangu la propiedad de las tierras que habitaban antes de la llegada de los europeos. El acuerdo incluía dos condiciones: la primera, los aborígenes debían ceder la concesión de la explotación turística del parque nacional al gobierno federal por 99 años (con un régimen de administración compartida); y, la segunda –que rompía, en realidad, la promesa que el primer ministro Bob Hawke había hecho en 1983– establecía que se mantendría abierto el ascenso a la cima.

Desde entonces, la controversia en torno al ascenso a Uluru se ha mantenido vigente. ¿Por qué permanece abierto el camino aun cuando el gobierno hace grandes esfuerzos para que la gente no escale? Más aun, en 2009 quien entonces era ministro de medioambiente Peter Garret (que, no puedo evitar señalar, fue el cantante de Midnight Oil) presentó un plan de gestión del parque que incluía el cierre del ascenso a Uluru.

Los motivos oficiales sostienen que si el ascenso fuera prohibido caería el turismo, puesto que la mayor parte de la gente, según se indica, viaja hasta el corazón del desierto con la principal intensión de subir la roca. Se ha señalado, entonces, que cuando la tasa de ascenso -actualmente del 38%- se encuentre por debajo del 20% se prohibirá finalmente el acceso, ya que esto se demostraría que el ascenso ha dejado de ser un motivo importante para visitar el parque.

Para promover el descenso de esta tasa se han realizado estudios y realizado diversas propuestas, entre las que se incluyen el cambio de ubicación de los baños y del estacionamiento –actualmente se encuentran frente al camino de ascenso– y la búsqueda de actividades turísticas alternativas dentro del parque que puedan ofrecer nuevas formas de “vivir la experiencia”.


La combinación de las distintas fuerzas en juego da un resultado interesante y difícil de descifrar para el turista desprevenido: ni el gobierno federal ni las comunidades aborígenes desean que la gente escale el monolito. Sin embargo, las motivaciones sagradas del grupo aborigen parecen ser un obstáculo para que al gobierno prohíba el ascenso, a pesar de los altos riesgos de seguridad y ambientales. Ello sería considerado como una claudicación frente a un grupo minoritario con argumentos de orden espiritual y que ha sido históricamente sometido por la dirigencia oficial.

Así, sólo entonces cuando el turista –ayudado por la batería anti-propagandista puesta en marcha por la misma administración del parque– ya no demuestre interés por conquistar la cima, llegará la que entonces será una casi innecesaria prohibición.

* Martín es licenciado en Economía (Universidad de Buenos Aires, Argentina) con estudios de maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad de Bologna (Italia). Desde 2010 se encuentra en Melbourne, Australia, donde cursa sus estudios de doctorado en Monash University.

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