Por qué Estados Unidos quiere tanto a México

El extractivismo energético está en el centro de la discusión en América del Norte. La estrategia regional ha estado dirigida, ante todo, a apoyar la seguridad energética de Estados Unidos y ha implicado la puesta en marcha de una política de máxima extracción y explotación de las reservas energéticas de los socios menores, México y Canadá.

Iñigo Gabriel Martínez Peniche
Desde México DF

El extractivismo es la apropiación -mediante prácticas intensivas- de enormes volúmenes de recursos naturales que, en su mayor parte, son exportados como materias primas a los mercados globales. A pesar de que el extractivismo ha estado relacionado comúnmente con la minería, el fenómeno es propio también de otros sectores como el energético o de hidrocarburos.

La vinculación entre extracción, producción energética y generación de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) ha sido ampliamente demostrada pero el consumo de recursos naturales continúa creciendo de manera acelerada. Esto se traduce en presiones cada vez mayores sobre el clima, la geología y el medio ambiente, que se acercan a los límites de la sustentabilidad del planeta. Pese a esto, proyecciones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) revelan un aumento en la extracción, que podría llegar a triplicarse en 2050.

Un análisis de los movimientos sociales de oposición al mega extractivismo en América Latina identificó 34 casos asociados con la minería energética; 85 casos con la minería metálica y no metálica; 47 casos asociados con el agua; 16 casos con los recursos forestales y la biodiversidad; 27 casos de expansión/afectación de la agroindustria, y 32 casos con los residuos tóxicos.

América del Norte -Canadá, Estados Unidos y México- también atraviesa enormes transformaciones por el predominio en esos gobiernos de élites extractivistas energéticas. El extractivismo energético, de hecho, se encuentra en el centro de la discusión regional: desde la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), ha empezado a tomar forma un proceso silencioso de mega extractivismo asociado con la estrategia de integración energética del subcontinente, comandada por las élites económicas y políticas de la región que disfrutan así de jugosos ingresos.

La estrategia ha estado dirigida, en primera instancia, a apoyar la seguridad energética de Estados Unidos, el socio mayor, y ha implicado la puesta en marcha de una política de máxima extracción y explotación de las reservas energéticas de los socios menores, Canadá y México.

En este sentido, la máxima extracción de recursos hidrocarburíferos no convencionales, cada vez más difíciles de producir, más costosos y de consecuencias ambientales impredecibles, se vuelve la base de la política energética de las élites extractivistas en Norteamérica.

Es el caso de la explotación de arenas bituminosas en el norte de la provincia de Alberta en Canadá; el fracturamiento hidráulico (fracking) para obtener recursos de gas y aceite de lutitas (shale gas/oil) en las cuencas gasíferas de Pensylvania, Texas o Dakota del Norte en Estados Unidos; la exploración y producción de petróleo en las aguas profundas y ultra-profundas del Golfo de México.

Este tipo de producción energética genera presiones ambientales y sociales muy fuertes, que van desde los conflictos en el medio rural al drama ecológico que se observa en diversas regiones del subcontinente. Ya sabemos que la extracción y la quema de combustibles fósiles y la consiguiente liberación a la atmósfera de CO2 y otros gases de efecto invernadero son causantes del calentamiento global y del cambio climático, causante a su vez de eventos extremos relacionados con el clima.

En el caso de la extracción shale gas/oil existe además el riesgo de contaminación del suelo y las aguas subterráneas superficiales con agentes químicos, además de la generación de gases de efecto invernadero y los riesgos de movimientos telúricos, entre otras problemáticas ambientales, sin contar los numerosos conflictos sociales.

* Hizo su doctorado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Ciudad de México. Es tutor de la Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambiental de FLACSO México.

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