La guerra de las élites extractivistas de América del Norte

Las élites extractivistas norteamericanas están integradas por ejecutivos de organismos internacionales, funcionarios públicos, empresarios y académicos: desde la “mafia de Calgary”, agrupada en torno al primer ministro conservador de Canadá Stephen Harper, pasando por los lobbies petrolero y tecnológico en Estados Unidos, hasta el consenso en México para mantener el estatus megaextractivista y rentista de PEMEX.

Iñigo Gabriel Martínez Peniche
Desde México DF (segunda parte)

Este grupo compacto se encuentra cohesionado y vinculado a través de distintas instituciones y organizaciones, tanto públicas como privadas, y centros de pensamiento. Los individuos que pertenecen a este selecto grupo colaboran regularmente y mantienen presencia en lugares clave para la toma de decisiones, además de que logran moverse de un lado a otro entre el sector público, el ámbito privado, los organismos internacionales y regionales, los centros de pensamiento (think tanks) y las instituciones académicas.

La influencia de estas élites extractivistas es diferente en cada uno de los países de Norteamérica, lo que da un sentido distinto a las diferentes “guerras energéticas” que se libran al interior de Canadá, Estados Unidos y México.

En Canadá, la llamada “mafia de Calgary”, agrupada en torno al primer ministro conservador Stephen Harper, ha logrado hacer del petróleo y el gas uno de sus principales negocios políticos y económicos. A través de una mezcla de iniciativas legislativas, regulatorias y fiscales, y de un poderoso cabildeo tanto en el nivel nacional como internacional, el gobierno conservador canadiense -que desde 2011 cuenta con la mayoría absoluta parlamentaria- protege y apoya al sector energético extractivo. Entre sus estrategias se incluyen como elementos indispensables la criminalización y la intimidación de las voces críticas al proyecto megaextractivista.

En el caso de Estados Unidos, en cambio, tiene lugar un enfrentamiento sin precedentes entre dos grupos en competencia: por un lado, el llamado lobby petrolero, que sigue defendiendo los combustibles fósiles como la principal forma de hacer negocios, y por otro, el lobby tecnológico, que busca introducir con fuerza en la matriz energética estadounidense las tecnologías asociadas con la generación de energías alternas y renovables, además de hacer del combate al cambio climático una de sus principales principios de acción.

En el caso de México, las élites que favorecen el extractivismo energético buscan mantener y ampliar el control delos recursos y las reservas energéticas estratégicas, buscando capturar cada vez más renta petrolera y mayores utilidades energéticas mediante mecanismos de control cada vez más sofisticados. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, en México de alguna manera existe un consenso entre las élites económicas y políticas para mantener el estatus megaextractivista y rentista que se asigna a PEMEX. No parece existir, en cambio, un debate filosófico sobre los límites del desarrollo basado en combustibles fósiles y  las oportunidades de una transición energética postcarbono.

Los diversos arreglos político-institucionales entre las élites, en los que se enmarcan las disputas energéticas en Norteamérica, condicionan las respuestas populares en cada país ante el megaextractivismo. En Canadá ganan terreno los movimientos progresistas en torno a los derechos socio-ambientales y de los pueblos originarios. En Estados Unidos, el movimiento ambientalista y anti extractivista se fortalece a nivel nacional y logra mantener como aliado al presidente Barack Obama en torno a decisiones fundamentales como la construcción del oleoducto Keystone XL, que intenta llevar petróleo sucio desde la provincia de Alberta hasta los centros refinadores en Texas.

En el caso de México, el movimiento social en defensa de la soberanía energética parece más interesado en mantener el statu quo megaextractivista y rentista de PEMEX que en imaginar alternativas de desarrollo sostenible para la transición energética.

Hizo su doctorado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Ciudad de México. Es tutor de la Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambiental de FLACSO México.

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