Nómades y cazadores. Tesoros alimentarios en una montaña de basura

Del consumo voraz de comida-chatarra en los grandes malls a la búsqueda de alimentos en los basurales del Gran Buenos Aires, un recorrido que revela las conexiones entre la pobreza, el consumismo y la alimentación industrial.

Por Soledad Barruti

Juan y Tomás entran a Unicenter y salen corriendo para perderse en la multitud. Llevan recorridos sus 11 años de vida en colegios privados y salidas de días libres a lugares como este: un shopping lleno de gente y objetos que algún día van a poder comprar con su propio dinero. Son puro deseo, atravesados por la ferocidad del marketing infantil que surgió en los años 50, se fortaleció en los años 80 y despuntó hace apenas 15 años cuando los chicos empezaron a pasar un promedio de 25 horas por semana frente a la televisión y tuvieron acceso ininterrumpido a Internet y a toda la propaganda no convencional que pueda imaginarse.

Llevan 100 pesos en el bolsillo (alrededor de 10 dólares), que esperan estirar con los vales de McDonald’s que les dieron a la salida del colegio para promocionar la nueva hamburguesa «italiana» a solo 22 pesos. Antes de enfrentar la cola demorada del local, ubicado en la esquina más transitada de ese patio de comidas en el que entran 1.800 personas sentadas, recorren negocios de ropa para los adolescentes que sueñan ser: miran zapatillas, remeras, cadenas. Uno de ellos –rubio, ojos transparentes, dientes blancos poco crecidos, cuerpo delgado y tenso– lleva una calavera plateada colgada de la muñeca y esconde la cruz de plata del bautismo bajo la remera porque no sabe si va bien con la actitud que quiere tener. El otro –morocho, el cuerpo blando y blanco, más inseguro, o más tranquilo, igual de alto– camina dejándose llevar por su amigo. Cada tanto toca su celular para ver si suena: la única regla de la salida es que no olviden que la madre de Tomás los espera en la entrada de los cines y que si el celular suena, ellos tienen que atender. «En ciudades que se fracturan y se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado al tono de una época», escribió en los años 90 la ensayista Beatriz Sarlo para describir los shoppings: artefactos perfectamente adecuados a la hipótesis del nomadismo contemporáneo.

Unicenter está enclavado en el conurbano bonaerense: un suburbio inmenso y latinoamericano en extremo, el corazón más poblado de Argentina, con muros que separan mansiones de villas miserias y que dejan en la frontera de la nada a los barrios de clase media amenazados de desaparición. Cuando se inauguró el shopping, todo era un poco más tranquilo. Los años 80 llegaban a su fin y la mole de cemento se erigía como el primer mall de un país que llegaría a tener 111 en los 20 años siguientes. Hay quienes aseguran que su creador, Horst Paulmann (un alemán asentado en Chile, dueño del holding Cencosud), todavía espera armar algún día alrededor de Unicenter una ciudad cerrada de compras y entretenimiento. Pero entre su antojo y su dinero se interpone un vecino que trunca el proyecto porque desde hace décadas se rehúsa a vender su casa. Entonces, de este modo se desarrolla el lugar: 240.000 metros cuadrados, tres pisos, luz blanca de 9 a 22, clima de 24 grados, 300 tiendas, 18 cines, un hipermercado, varias oficinas, cuatro entradas y un estacionamiento para 6.500 autos que circunda el predio, ascendiendo hasta una terraza que cuenta en su haber con varios suicidios, ingresos de grupos comando que terminaron vaciando joyerías y enfrentamientos entre narcos colombianos que dejaron charcos de sangre a las seis de la tarde. Ninguno de estos episodios, sin embargo, mermó la clientela.

Una vez pasadas las puertas de vidrio, entre el arrullo de gente anónima que tiene y espera lo mismo, Unicenter dibuja una experiencia de incuestionable seguridad. Sin que nadie los note, los sigilosos guardias logran espantar a los grupos de chicos marginales que se cuelan para usar gratis cosas por las que otros pagan: la PlayStation 4 que tiene en exposición la cadena de electrónicos Garbarino, por ejemplo. Aunque una tercera parte del país no esté invitada a entrar, a Unicenter lo visita cada año una cifra que coincide con la cantidad de habitantes de Argentina: 40 millones, que desembolsan por año cerca de 5.000 millones de pesos (unos 500 millones de dólares), según datos de la empresa.

Juan y Tomás son parte de esa generación que no tiene que acostumbrarse a esto sino a todo lo demás. La industria afirma que en la actualidad un chico como ellos reconoció los arcos dorados de McDonald’s antes de reconocer su propio nombre, y seguramente así fue. Porteños ambos, nacieron en 2002 en el fragor del consumo descompuesto, en un país que había estallado y donde más de la mitad de las personas no tenía trabajo. Fueron al jardín de infantes en 2004, cuando la situación empezaba a recuperarse. Y desde entonces reciben un único mensaje: que todo va bien si se mantiene en marcha la maquinita de consumo. Si hay patios de comida desbordantes. O Cajita Feliz para todos.

Es imposible que lo sepan, pero cuando ellos empezaban el jardín, el barbudo y fogoso líder de los desocupados Raúl Castells se empeñaba en arremeter contra los locales de McDonald’s para pedirles comida. El pobre merece su Cajita Feliz, decía. Pasaron diez años y los pobres nunca llegaron a tener su combo como algo cotidiano (comer en McDonald’s en Argentina es una salida cara), pero sí fueron nutridos como nunca antes con grasas, hidratos de carbono, azúcares baratos y soja.

En los últimos años, mientras la inflación crecía descontrolada, la brecha en el menú de los argentinos se amplió. Con el objetivo de detener la corrida, el gobierno cerró acuerdos con marcas y supermercados para establecer precios de productos hiperprocesados y una canasta básica que no incorpora prácticamente ningún alimento fresco como parte de la dieta. En ese contexto, el país llegó a tener un modelo en el que comer una manzana puede resultar más caro que comer un alfajor. Es una idea de seguridad alimentaria que generó serios problemas: hoy Argentina es el país de América Latina con mayor porcentaje de niños menores de cinco años obesos y con sobrepeso. La diabetes es una epidemia. El colesterol golpea a edades cada vez más tempranas, y particularmente a los más pobres. «Argentina se volvió un país de pobres gordos y ricos flacos», resumió en un libro la antropóloga especialista en alimentación Patricia Aguirre.

Ni Juan ni Tomás son gordos. Sus familias no se vieron nunca envueltas en protestas sociales pero tienen la inquietud de vivir en este país corriéndoles por el cuerpo. Cuando ellos se cansan de dar vueltas por el shopping, se apretujan para defender su lugar en la fila del local atestado. Frente a la caja de McDonald’s piden el combo que tanto les promocionaron: una hamburguesa desproporcionada para sus estómagos, papas fritas y Coca-Cola, todo –por supuesto– en tamaño grande. Con solo cinco pesos de vuelto, se sientan a una mesa sucia que los arrincona contra ese mar de gente que no deja de sentarse, pararse, abrir y cerrar cajitas. Frente a sí tienen más calorías de las que deberían metabolizar en el día pero están dispuestos a enfrentarse a su íntima contienda. Más que una hamburguesa, entre sus dedos aprietan algo parecido a la lujuria, a la desmesura, al poder. «Poder». Esa palabra, impresa en un rojo rabioso, decora la caja que contenía la felicidad en forma de hamburguesa.

«La República Romana era alimentada por sus campesinos; el Imperio Romano, por sus esclavos. La cultura alimentaria puede decir más de una nación que su arte o su literatura», escribió Eric Schlosser en Fast Food Nation . La hamburguesa glosada en tres medallones chamuscados como los que mastican Juan y Tomás no remite en ningún momento a un origen que no sea el de ese local: para relacionar esas hamburguesas con una vaca hay que hacer un esfuerzo desmedido, y si se logra llegar con la mente a la vaca en cuestión –probablemente encerrada en un feedlot y engullendo maíz con antibióticos–, habrá que huir de los pensamientos antes de que se vaya el hambre. ¿Qué puede decir eso de nosotros además de que conformamos una sociedad que sabe muy poco sobre lo que come cuando come?

Menos de 15 minutos es el tiempo que la ansiedad mantiene sentados a Juan y Tomás. En ese rato, Tomás no se rindió ante su hamburguesa. Juan sí: disimulando, deja la mitad que le sobró otra vez adentro de la caja, eructa y le pregunta a su amigo: «¿Vamos?».Y así, sin tener que volver a decirse nada, mientras dentro de sus cuerpos empieza un proceso de digestión dificilísimo, empujan todo lo que quedó de comida en los recipientes de la basura.

***

Nunca en la historia de la humanidad la comida fue algo tan abundante. Los números que rodean la megaproducción de alimentos son tan grotescos que solo se pueden leer de la mano del despilfarro y la escasez que los acompaña. En el mundo se produce comida para 12.000 millones de personas. Somos apenas un poco más de 7.000 millones de habitantes en el planeta, pero cada diez segundos muere un niño por causas relacionadas con el hambre y la desnutrición, mientras un tercio de la producción de alimentos va a parar a la basura.

Sobran los análisis de este fenómeno. Libros interesantísimos, congresos, reportes especiales de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), de fundaciones privadas, que se pueden resumir en pocas líneas. La clave del descalabro está en que actualmente las fuerzas productivas más poderosas están orientadas a producir carnes para alimentar a las clases medias y altas en expansión en países como la India y China, lo que reconfiguró el paisaje del mundo: un tercio de la tierra cultivable del planeta está ocupado por granos que serán comida para animales, que a su vez serán carne a la que no acceden los pobres, muchos de ellos radicados en los países productores de piensos. Los campos cultivados con soja o maíz para alimento de animales se trasformaron en espacios de expulsión de campesinos, agricultores familiares y comunidades indígenas: 70% de quienes padecen hambre en el mundo vienen de esas tierras o son hijos de aquellos que perdieron su lugar en la tierra ocupada hoy por los grandes capitales.

Es un sistema productivo minado de externalidades que no se contemplan: la pérdida de fertilidad de los suelos, los químicos tóxicos que necesitan esos campos para rendir, los residuos venenosos que generan las granjas industriales con sus cientos de miles de animales confinados, la desocupación, el flagelo que padecen las comunidades que permanecen cerca de los campos y las granjas tóxicas, la pérdida de biodiversidad y agrodiversidad que requiere el modelo para concentrarse y avanzar…

«Hemos llegado al súmmum de la irracionalidad», me explica el economista especializado en sistemas agroalimentarios Miguel Teubal. «La contaminación, el sufrimiento, la mala comida y la basura son un efecto de este modelo, de la tragedia de la acumulación: una tragedia contra la que se han alzado los grandes filósofos, contra la que se alzó Karl Marx, contra la que nadie pudo. Pero hoy hay una diferencia: sabemos que el crecimiento no puede ser infinito».

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Una sola hamburguesa de tres pisos reúne casi todas las formas del descarte: cajitas que no terminan de ser comidas, hamburguesas que no llegan a ser cocinadas; hamburguesas que fueron cocinadas y descartadas luego de 15 minutos a la venta; cajitas de cartón compradas con deseo y desechadas con saciedad o indiferencia, juguetes rotos, nylons, sobrecitos a medio abrir… La irracionalidad hecha basura se esconde lejos de la mirada de la sociedad que la genera, pero hay un tren que llega hasta ella.

Dentro del ferrocarril Mitre que va de Retiro a José León Suárez el paisaje es tan rotundo como el de afuera. A medida que la ciudad se desdibuja y que los barrios de edificios van quedando atrás, los vagones se vacían de hombres en camisa, mujeres con medias de lycra y chicos con celulares y pilones de figuritas. Entonces empiezan a resaltar las líneas fosforescentes de las chaquetas y los pantalones de trabajo, las manos teñidas de un púrpura alquitranado, las bocas castigadas y los insultos que parecen actos de violencia aunque no necesariamente lo sean: así se habla por acá, cuando esa vida más íntimamente populosa va cobrando vida. Por la ventana se ve lo que queda del dibujo pampeano que bordea la ciudad: suelos ondulados, árboles robustos desperdigados, cauces de agua gris. También basura y animales y chicos que llevan de la mano a otros chicos a lo largo de la banquina que separa la autopista del campo posmoderno.

Solo 40 minutos de viaje hacen falta para salir de Buenos Aires y ver cosas como estas: colgado de las barreras del paso a nivel, se ofrece pescado fresco recién sacado de un arroyo contaminado; se venden hojas y ramas con promesas («para alejar la enfermedad», «para acercar el amor») y saquitos y gorritos para bebés tejidos allí mismo. Si en el shopping se espera la calma de los espacios idénticos a sí mismos, acá se pueden esperar situaciones nuevas todos los días. Sorpresas como que los pescados que salen de las aguas burbujeantes están cada vez más gordos.

José León Suárez es un territorio ganado a la basura. Un lugar inconmensurable que logró lo que ningún otro: introducirse en el punto ciego de la matrix y sacar de ahí lo que el resto de la sociedad oculta o descarta, y desconoce; alimentos, sobre todo. Allí termina la mayor parte de las 670 toneladas de comida en perfecto estado que arroja por día el Área Metropolitana de Buenos Aires. Algo que puede traducirse en derroche y contaminación, o, visto desde otro lado y dejando de lado el análisis sobre las cualidades nutritivas de lo que acordamos en llamar alimentos, transformarse en 1.675.000 platos de comida. Casi lo que necesitan los dos millones de personas que padecen hambre en estas tierras que todavía se vanaglorian de ser el granero del mundo.

«La basura es rica», dice Lorena Pastoriza, una mujer que supo organizar ese circuito de sorpresas diarias y convertirlo en una forma de supervivencia organizada. Porque cuando acá se habla de basura, también se habla de eso que en muchas casas no hay: carne, fideos y galletitas; hamburguesas semicomidas en Unicenter por chicos como Juan y Tomás, y todo lo que rodea ese modo de consumo: plásticos, papeles, metales; materiales valiosos si se los puede recuperar y vender.

Argentina tiene un problema histórico con la basura, pero se empeña en sostener soluciones que no funcionan. Los primeros intentos de resolver la cuestión empezaron en los albores de la última dictadura militar. En 1976, el aire de la ciudad se volvía irrespirable cuando por las noches cada hogar quemaba sus bolsas negras de residuos. El gobierno de facto puso a sus ingenieros a planificar cómo llevar lejos su porquería. El Conurbano quedaba lejos y estaba lleno de barrios pobres que se inundaban cuando crecían los arroyos. La solución proyectaba matar dos pájaros de un tiro: la basura de la Capital rellenaría esos barrios evitando que se volvieran pozos de agua con recurrencia. Para gestionar el traslado y entierro de la basura en la provincia se gestó el Ceamse: una empresa privada sostenida con el dinero del Estado que desde ese momento se dedicó a cobrar fortunas por cambiar la geografía de los suburbios con la promesa de convertir el descarte en parques, bosques, centros de recreación y barriadas ecológicas. Para el tratamiento de la basura se crearon «complejos ambientales». Los militares confiscaron tierras privadas, le otorgaron al Ceamse terrenos distribuidos en cada punto cardinal de Buenos Aires y se lanzaron a hacer ensayos en los alrededores de los asentamientos donde viven miles de personas, que todavía figuran como espacios vacíos en cualquier búsqueda en Google Maps.

Si se tiene en cuenta que solo los alimentos descartados en el mundo generan 3.300 millones de toneladas de gases tóxicos (o gases de efecto invernadero), es fácil entender por qué el proyecto fue un desastre. Ahí donde iba a parar la basura (Ensenada, González Catán, Villa Domínico), los venenos emanados tardaron poco en empezar a enfermar a los vecinos, sobre todo de cáncer y sobre todo a los chicos. Y hubo madres –en Argentina la fatalidad siempre es valientemente combatida por madres– que empezaron a hacer resistencia para que quitaran la basura de sus vidas.

Pero el caso de José León Suárez fue diferente. Norte II, el relleno más grande del Ceamse, se volvió algo raro, una parte central de la vida de esos poblados periféricos. Las personas que vivían en esas inmediaciones no resistieron; más bien, encontraron en la basura la solución a todo lo que les faltaba: zapatillas, materiales de construcción, vino, cuadernos, pollos. Todo llegaba ahí día tras día, convirtiendo lo que era un sumidero en un posible coto de caza y recolección de productos que de otro modo eran inaccesibles.

Ahí donde lo dejaron ser, el Ceamse mostró su cara más exitosa: más allá de la montaña todavía desnuda y rebosante de residuos, el complejo ambiental logró crear su «barrio ecológico»: un predio cerrado de lomadas con pasto, árboles, pájaros que rodean las autopistas y un club recreativo con piscinas en los que por 15 pesos al día se puede hacer deporte. Mejor dicho: hay lomadas con pasto de las que sobresalen las bocas de enormes tubos amarillos que emanan los gases que siguen bullendo bajo la tierra. Árboles que se reemplazan cada tanto porque las raíces se pudren de tanto intentar sorber nutrientes de una tierra que no es tal. Suelos que en los días de calor se prenden fuego. Y espacios recreativos carísimos, si se considera que para pasar el día hay que hacer de cuenta que el aire no está viciado, que no todo huele a muerte.

Pero más allá, en el corazón profundo de ese parque que se alimenta de la basura del resto de la sociedad, crece el problema que nos recuerda que el modesto paraíso es un páramo infernal: en el horizonte se ve la última montaña de basura, el relleno. Es tan alta que no hay manera de procesarla ni de convertirla en lomada. Hasta los defensores más acérrimos de la discutida idea de enterrar la basura admitieron que ese terreno está saturado y que habría que agrandar el predio para que la empresa pueda seguir operando. La solución que se planteó fue ampliar los terrenos del Ceamse hacia Campo de Mayo, el campo de entrenamiento del Ejército que linda con el basural. Pero el Ejército se negó rotundamente y entonces el gobierno provincial autorizó que la montaña siga creciendo. La disputa, que cada tanto llega a los diarios, es política y económica: no va a dejar de producirse basura, ni una empresa poderosa que cobra por enterrarla, aunque no tenga dónde, puede desaparecer fácilmente.

Mientras tanto, en los márgenes de la sociedad y al margen de toda disputa, hay montones de personas que se acomodaron en las grietas del sistema y ahora viven de esa montaña en la que encuentran lo que necesitan. Incluso hamburguesas de tres pisos.

***

Cuando la bonanza ficticia de los años 90 se desintegró por completo, la caída fue feroz. Era tal la cantidad de gente que no comía, o que con suerte comía los desechos de la industria alimentaria o las sobras de los que todavía tenían sus trabajos (una relación de 50-50), que aparecieron líderes como Raúl Castells para exigirles a empresas como McDonald’s que no hicieran pasar a los pobres por el humillante proceso de revolver las bolsas de basura: si igual iban a tirar la comida sobrante, qué les costaba dársela a ellos. Y ya que estaban, si iban a darles algo, por qué no les daban el combo completo: para los chicos, Cajita Feliz con juguete y todo.

Lorena Pastoriza llegó de Uruguay un poco antes, en los años 80. Tenía 15 años. Su madre había enfermado repentinamente: le festejó los 15 años, al mes le dio un infarto y el diagnóstico fue sombrío. Tanto que decidió mandarla a vivir con su hermana, a un barrio que imaginaban enorme y lleno de posibilidades. «Y llegué a Suárez», dice riéndose fuerte. «Lo peor de la vida. O de lo que fue mi vida, que tampoco fue mala. Aunque en ese momento sí, por años fue terrible». Lo peor de la vida, dice Lorena, fue el shock de la pobreza, «darse cuenta de que uno es pobre». Y el hambre: «Hubo momentos en que ni mi hermana ni mi cuñado tenían laburo. Entonces a la noche salíamos a reventar bolsas de basura y a pedir a las panaderías lo que les sobraba».

Lorena fuma sin parar, un cigarrillo tras otro. Tiene voz fuerte, piel cetrina y un nivel de sobrepeso que ya no la deja ni caminar. Está por rozar los 200 kilos y el cuerpo le duele todo: las rodillas, la espalda, el ciático, últimamente también el brazo. Durante años logró esquivarlo pero el mes pasado le salieron en las axilas los forúnculos lacerantes que les salen a los que viven entre la basura: una bola de sangre y pus formada por bacterias. «Esto que me pasa a mí es la pobreza. Yo llegué y era blanca y mi peso era normal. Pero la pobreza te oscurece la piel y esta comida que le sobra a la sociedad no te alimenta, te vuelve un lechón».

La pobreza tiene escalones que bajan desde la falta de televisión por cable hasta el infierno de la desintegración. Lorena los transitó todos. Pero un día subió hasta donde está ahora: cobra un sueldo autogestionado y dirige la cooperativa de recicladores que mucho le costó formar con personas que viven de la basura, no como cirujas sino como trabajadores organizados. «El problema fue haber tenido que pasar por lo otro. Si hubiera estado esta posibilidad… pero no había nada, para muchos sigue sin haber nada».

El cuerpo fue lo primero que se le resintió. Cuando empezó a limpiar casas. Cuando se propusieron levantar una pieza junto a la casa de su hermana. Cuando tuvo sus dos hijos. Cuando su marido perdió el trabajo y entraron por primera vez al basural y subieron esa montaña de basura. Cuando encontró a otros como ella y vio que la mayoría eran chicos. Cuando se enteró de que iban a tomar un terreno ahí nomás, al otro lado de la ruta, y no lo dudó y se quedó a fundar el barrio y luego la organización barrial «8 de Mayo», de la que hoy es el máximo referente. Cuando empezó a recorrer fábricas y granjas para pedir lo que sobraba. Cuando armó un comedor para los que tenían incluso menos que ella, y luego un centro cultural y una salita de apoyo escolar. Cuando para comer y compartir la poca comida que conseguía inventó recetas imposibles.

—Yo llegué a Argentina con un peso normal. Pero después de comer lo que otros dejan, mi cuerpo cambió. En el asentamiento, los primeros meses comíamos los cueros de pollo fritos que nos daban en una granja a la que íbamos a pedir. Ni siquiera nos daban los menudos: nos daban la grasa y con eso hacíamos sándwiches porque no había otra cosa. Después empezamos a recorrer la ciudad y ahí nos daban cuero de chancho, lo que sobraba de las carnicerías, pan viejo. En la basura a veces hay verduras pero somos contradictorios, aunque eso es lo que te hace bien, el cuerpo con hambre te pide otra cosa, carne sobre todo. Uno no es gordo porque quiere. Somos pobres y comemos mal.
—¿A vos qué te gusta comer?
—Pescado. Yo comería pescado todos los días. Filet de merluza, calamares. Mi viejo era gallego, imaginate. Éramos pobres pero yo sabía comer. Sé cocinar. Eso es algo que el pobre sigue haciendo. Por eso muchos prefieren no ir a un comedor e ir a la basura. Elegir tu comida y cocinarla te dignifica. Te sentís mejor. Tiene otro valor frente a tu familia. No es lo mismo recibir un puchero de soja, o que solo te den comida seca. Puede sonar mal, pero comés todavía peor cuando te resignás a que te den de comer.

Pobreza, resignación, contradicciones. Lorena es, como millones, una persona que padece la comida –su falta, su abundancia, su mala calidad– y desde ese saber que se aprende por haber nacido en la parte más rota de la sociedad, se permite reflexiones agudas:

Viviendo de la basura aprendés muchas cosas –dice–. Aprendés que la clase que puede consumir también consume mierda. Porque ir a McDonald’s, por ejemplo, no es sano pero está ahí para el que consume capitalismo. Los que comemos sus sobras, los que estamos acá por las mismas lógicas de este sistema, seguimos comiendo su mierda. Uno es gordo o enfermo porque es lo que hay.

***

«El asco es una construcción cultural. Los quemeros –como se conoce a quienes cirujean en la montaña de basura del Ceamse, la quema– tienen una habilidad increíble para encontrar comida donde uno no ve nada utilizable», dice Raúl Néstor Álvarez, un abogado que por defender y pasar largas horas junto a ellos, desarrolló un saber cada vez más necesario: la basurología. «Yo no siento asco por la basura», dice. Pero olvidar el asco puede resultar imposible. Incluso la comida en perfecto estado viene mezclada con tierra, pañales sucios, animales muertos, colillas de cigarrillos, sustancias podridas más allá de lo imaginable. Lorena asegura que a ella todavía le queda la impresión y el asco ante la idea de que alrededor hay ratas. Y por eso en su oficina –desde donde lleva adelante la cooperativa que logró luego de años de reclamos– solo consume cosas empaquetadas y toma agua envasada.

Si en los años 90 el ingreso al basural era un secreto a voces, la crisis de 2001 lo volvió multitudinario e incontenible. En esos años había corridas desesperadas de familias enteras, hostigadas a diario por la policía encargada de que nadie ingresara a buscar lo que las empresas productoras de alimentos, restaurantes y otras familias habían decidido tirar. La basura –no importa si se trata de cajas de puré, chocolates, o salmón noruego envasado al vacío al que todavía le quedan seis días antes de vencer– es propiedad privada de esa empresa, el Ceamse, que cobra dinero de las empresas generadoras para enterrar sus excedentes. Ese es el primer límite que explica por qué la basura parece sagrada. Le siguen otros no menos nefastos: empresas que no quieren que las personas se lleven gratis lo que ellos venden; empresas que aducen problemas legales de posible intoxicación para justificar el descarte en lugar de la donación; y la lógica propia del capitalismo, que funciona cuando se activa la seguridad del que tiene en su comparación con el que no tiene.

Contra eso arremetían todos los días y todas las noches los quemeros. Fue una época brutal: hay anécdotas de la policía arrojando chicos a los piletones del lexiviado –los jugos tóxicos de la basura–; de la policía obligándolos a comer la mugre; de la policía haciéndolos nadar entre las vísceras que habían llegado de los mataderos. Hasta que llegó la noche que cambiaría todo y que institucionalizaría la desgracia.

En 2004 dos hermanos (no cosanguíneos) de 15 años ingresaron a la quema y fueron descubiertos por un oficial. Los chicos se escondieron a metros de distancia uno del otro. Federico Duarte se camufló entre unas bolsas. Su hermano Diego se acostó mirando al cielo y se tapó con un cartón. El policía vio que algo se movía y le ordenó al camionero que arrojara su carga sobre el bulto que formaba Diego. Nunca más lo volvieron a ver. La causa policial y el juicio terminaron sin condenas. Pero sus hermanos, sus vecinos, los que podrían haber terminado igual, aplastados por toneladas de basura, se interpusieron una y otra vez para impedir que el mundo siguiera andando como si nada: cortaron el camino del Buen Ayre, llamaron la atención de los medios, dibujaron a su muerto con esténcil bajo los puentes.

Diego Duarte había salido con solo 15 años de Formosa –una provincia que expulsa personas de los territorios para extender los campos de soja que alimentan animales en China–; era huérfano, ensimismado y dejó una única imagen que lo recuerda: la foto de su documento de identidad. Y se convirtió en el emblema de los que viven de las sombras del sistema. Personas que, a partir de su muerte, obtuvieron permiso del Ceamse para ingresar al predio una hora por día.

Cada tarde, antes de que baje el sol, hombres, mujeres, niños y algún que otro anciano en bicicleta se apostan frente a la policía armada hasta los dientes que, cuando llega la hora acordada, baja los rifles y habilita el ingreso. En el tiempo que les dan sus piernas, los quemeros tienen que avanzar cuatro kilómetros hasta llegar a donde se supone que van a encontrar lo que fueron a buscar. En medio del odio que se respira entre esos indigentes controlados por una policía de pobres, pagada por funcionarios que detestan que eso siga sucediendo, la situación que plantean los quemeros es compleja: antes de tapar la basura con tierra, ¿el Ceamse deja lo mejor para los que lo necesitan? ¿O tapan con tierra la mejor comida, los materiales más valiosos? ¿O se los reparten entre ellos? Como sea, día a día se repite la misma situación. Cerca de 1.500 personas avanzan a máxima velocidad con sus bolsones vacíos y vuelven con sus bolsones llenos, a veces satisfechos, otras peor que antes, con toda su desilusión a cuestas.

***

El progreso para un quemero es ingresar a una de las nueve plantas recicladoras que funcionan dentro del Ceamse. Fue otro logro que se consiguió tras el asesinato de Diego: obtener un trabajo semiformal de cirujeo dentro del predio cerrado del Ceamse. Se trata de 600-700 trabajadores autogestionados que, sin reconocimiento laboral formal por parte del Estado, conforman el único sistema de reciclado que existe en Argentina, uno que surgió de la necesidad y que todavía sobrevive de forma marginal e invisible.

En la cooperativa de Lorena Pastoriza, esta tarde hay 30 personas que sonríen como si estuvieran esperanzadas. Aunque para alguien que no está acostumbrado a pensar que de la basura puede resurgir algo valioso, puede ser difícil encontrar ahí alguna imagen que no se parezca al infierno. Un infierno iluminado, bucólico, ardido, sin espacio. Un lugar ruidoso, donde el aire puede convertirse de pronto en un vaho blancuzco y agrio que hace arder los ojos y la garganta, que seca la piel, que genera arcadas. Un espacio superpoblado de desesperación y de hallazgos repentinos. La basura puede venir con cualquier cosa: teléfonos, remeras, desodorantes, frascos de champú, cintas de casete. «Esta carga que llegó no es buena –dice una de las chicas, jovencísima, morocha, de ojos negros delineados y boca con forma de corazón–. Todo es de segunda».

La tarea de los recicladores se desarrolla en una línea de trabajo alrededor de una cinta transportadora. Hacia ahí ascienden las bolsas previamente reventadas por los hombres que reciben la descarga de los camiones más abajo. Cada reciclador tiene a su lado un cesto en el que introduce un material específico: pet, soplado, papel, vidrio. Hacen su trabajo a una velocidad admirable. Sin guantes, hasta que aparecen guantes. Con sed, hasta que las bolsas traen una botella de Coca Cola. Con hambre, hasta que llega un paquete que esconde algo que parece restos de un bizcochuelo. «Se ve que cambió el camión», dice otra chica que parece de 15 años aunque acá no se puede trabajar si no se cumplieron los 18.

Entonces, desde abajo, un chico grita: «¡Mirá! ¡Mirá esto! ¿Vos querías saber dónde termina la comida del patio de comidas? Acá está, y llegó con postre». La caja –una caja de cartón genérica, prolijamente cerrada– está repleta de bolsitas de plástico con manzanas cortadas: es la última incorporación del menú de McDonald’s para combatir el sobrepeso de sus pequeños clientes. Como si fuera una ofrenda, se la llevan a Lorena. «Qué bueno, esto sí puedo comer», dice ella. Pero cuando abre la bolsita, sospechosamente hinchada, el olor de la fruta fermentada invade la oficina, como si se pudiera sumar todavía más olor al olor a basura que impregna hasta las ventanas. «Hay que buscar las más aplastadas», dice. Y entonces espera que los dos que le trajeron la caja elijan, separen, coman, mientras afuera siguen apareciendo panes, patitas de pollo, láminas de queso. Lorena deja el pedazo mínimo de manzana y prende un cigarrillo. No hay satisfacción en su cara en ningún momento. Tampoco resignación, y mucho menos confianza. Si algo inspira Lorena es una fuerte necesidad de lucha.

«Esta basura tiene muchos sentidos», dice cuando su oficina queda otra vez vacía.

Acá tenés todas estas porquerías. Muchas tienen el mismo gusto que en el local. ¿Pero es lo mismo comerlas de la basura? No. La comida de McDonald’s hay que comerla en McDonald’s: es el deseo que te vende esa empresa, un deseo que te repiten una y otra vez con las publicidades, que se te mete adentro. Por eso muchos acá ganan 1.800 pesos y de eso sacan 100 y se lo dan al pibe para que se pueda dar el gusto. Es algo que vale oro. Ahí ves cómo ascendieron en su pobreza. Y esos pibes, sus hijos, por ese rato que logran entrar a McDonald’s se van a sentir mejor, como los pibes normales que se ven caminando en el shopping.

Y admite que en su casa su hijo menor le dice cada tanto «McDonald’s somos nosotros». «Hay mucha verdad en lo que dice. McDonald’s son ellos, soy yo, somos todos. Vos también. Es la sociedad que armamos y gozamos y padecemos».

Pocas marcas pueden jactarse como McDonald’s de ser un emblema tan acabado de todo lo malo que sucede. El American Dream chocando contra sí mismo. Con 35.000 locales en todo el mundo, McDonald’s es sinónimo de explotación laboral, crueldad animal, contaminación, daños a la salud y despilfarro. Y sin embargo seduce por igual a los nómades del shopping y a estos hombres, mujeres y niños que todos los días, y a pesar de todo, salen a buscar su lugar en el mundo y lo consiguen en medio de la oscuridad.

* Soledad Barruti es escritora y periodista. En 2013 publicó Malcomidos (Planeta, Buenos Aires), una investigación sobre la industria alimentaria en Argentina.

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