La Paz, territorio libre de McDonald’s

En 2002, la cadena de hamburguesas más famosa del planeta abandonó Bolivia. Muchos dicen que fue derrotada por las decenas de puestos callejeros y chiringuitos de comida al paso. Aunque algunas investigaciones revelan que el 71% de los alimentos y las bebidas que allí se comercializan deberían prohibirse por cuestiones de salubridad, todos -universitarios, burócratas, borrachos y trasnochados, empresarios, albañiles y vendedores informales- comen cada día a precios de saldo en las calles paceñas.

Por Álex Ayala Ugarte

El puestito de Elvira Goitia en el mercado Lanza de La Paz, Bolivia, parece a ratos la puerta de una entidad bancaria: son las diez de la mañana y desde hace media hora la gente entra en él con impaciencia para salir, minutos después, con la cara de satisfacción que se le queda a uno después de haber cobrado la paga extra navideña. Elvira no ofrece créditos ni fondos de pensiones, y tampoco paga cheques al portador. Ella atrapa a sus clientes con algo más efímero y circunstancial: sus sándwiches de chorizo, que en estos momentos cotizan a siete bolivianos (algo más de un dólar al cambio) y se venden casi mejor que el iPhone tras el lanzamiento de un nuevo equipo. En los más de treinta años que lleva en el rubro gastronómico, Elvira ha despachado alrededor de tres millones y medio de chorizos. O lo que es lo mismo: ha dado de comer a toda una legión de hambrientos.

 Su mítico sándwich se prepara con carne de vaca, un poco de llama, tocino, verduras, salsas al gusto y un condimento muy especial que prefiere no develar a nadie (“Ya sabe, secreto profesional”, comenta risueña); y es un poderoso imán capaz de atraer a decenas de personas en las horas punta, es decir, de 10:00 a 12:00 y de 17:00 a 19:00.

El mercado Lanza es una enorme mole de cemento de varios pisos que queda en pleno centro de la ciudad —a pocos pasos de una gran estructura colonial: la iglesia de San Francisco—, un punto en constante ebullición en el que uno halla de todo: libros usados, DVDs piratas, prensa, flores, jugos, chocolates, peluches. Y también, almuerzos y piqueos varios: los platos más emblemáticos de Bolivia están acá y a precios de saldo.

Elvira, que tiene 66 años, un delantal ancho en el que oculta unos kilitos de más, nariz apaisada y la pose seria de un médico antes de una operación, cuenta ahora monedas de uno, dos y cinco bolivianos, y recuerda que su abuela comenzó vendiendo frutas, que su madre siguió por esa misma senda y que ella las sucedió con los chorizos. Elvira ha logrado pagar la educación de su hija con lo que gana y hacerse cargo de los costosos medicamentos de otro hijo enfermo. Asegura que ella garantiza calidad: ingredientes de primera. Ha contratado a seis empleadas jóvenes porque ya no es capaz de lidiar sola con la concurrencia. Y dice hinchando el pecho, como si fuera un pavo real, que de vez en cuando hace delivery al Palacio de Gobierno, oficinas y ministerios.

En los restaurantes, a veces te dan los guisos recalentados —afirma luego, mientras trata de hallar las palabras justas para explicar su éxito—. Lo mío, en cambio, es fresco, garantizado. Y además, bastante barato. En los sitios finos, en un hotel, por ejemplo, te cobran hasta por utilizar sus sillas. Acá hasta te puedes servir de pie (se ríe). Mi competencia es el Burger King —bromea, y vuelve a reír.

Sandwich chorizo2

Crédito foto: Álex Ayala Ugarte

Lo que se come en Bolivia

En 2002, otra famosa cadena de comida rápida —McDonald’s, que cuenta con más de mil locales en Sudamérica— hizo las maletas y decidió marcharse de Bolivia. Y en 2011, un documental titulado “¿Por qué quebró?” intentaba explicar el origen de su fracaso. ¿Por qué el país le dio la espalda a las hamburguesas más célebres del planeta?

Tras el estreno, Fernando Martínez, el director, le dijo a la BBC que una de las razones fue el precio: su menú más barato costaba alrededor de tres dólares y medio —demasiado para un salario mínimo que en aquella época era de aproximadamente 60 dólares—, y su oferta, aunque mejor empacada y publicitada, no era mucho más apetecible que la de los tenderetes alocados que uno encuentra ahora fácilmente en cualquier esquina. Otra de las cosas que planteaba la cinta es que la franquicia no supo cómo hacer frente a la gastronomía local, que incluye preparaciones muy elaboradas, como la Khala Purka (una sopa espesa que se calienta con la ayuda de una piedra volcánica) o el majadito (arroz, carne seca, huevo y plátanos fritos).

Segun Martínez, “la cultura le ganó a la transnacional, al mundo globalizado”. Y mucha de esa cultura tiene que ver aquí con servirse algo en cualquier momento y en cualquier lado: con la comida al paso.

En su libro Lo que se come en Bolivia, de 1946, Luis Téllez Herrero hace un repaso por algunas de las recetas más simbólicas de la región. Destaca ingredientes como la papa (en sus cientos de variedades y formas), la betarraga o la coca, la resistencia de los habitantes de los Andes —que atribuye a su dieta rica en nutrientes— y platillos como el chairo (elaborado con papa deshidratada, papa dulce, varios tipos de carne, habas y maíz pelado cocido en agua), el rostro asado (cabeza de cordero que antiguamente era cocinada en las panaderías, al amanecer), el jolke (en base a riñones), la lawa (que contiene a veces hasta siete clases de harina) o el locro (un potente guiso).

Hoy, pese a que han pasado ya casi 70 años desde el lanzamiento de la obra de Téllez, muchos de los mercados de La Paz y de otras grandes capitales del Amazonas, los valles y el Altiplano bolivianos —Santa Cruz, Cochabamba, Oruro, Sucre, Tarija, Trinidad, Cobija, Potosí— mantienen un muestrario similar al que él exhibe a lo largo de más de un centenar de páginas. Elvira, mientras termina de apilar sus moneditas, se declara por ejemplo fan incondicional del plato paceño (choclo, carne, papa, queso y habas). Atribuye a los españoles la costumbre de servirse algo a cualquier hora del día y, a veces, en cualquier rinconcito perdido. Y dice estar entusiasmada tras haber sido incorporada al Suma Phayata, un peculiar circuito culinario que pretende revalorizar los sabores (y saberes) populares ligados a lo que la tierra nos regala. Y también, a la calle.

Espíritu vikingo

Suma Phayata, que significa bien cocinado en aymara, debe su nacimiento al espíritu vikingo del danés Claus Meyer, uno de los socios fundadores de Noma, elegido el mejor restaurante del mundo en cuatro ocasiones (2010, 2011, 2012 y 2014). En su infancia, a Meyer le tocó ser testigo de uno de los periodos más oscuros de la cocina escandinava, una época negra en la que hasta las verduras se vendían embolsadas.

“Mi padre se había alejado de mí, mi madre trabajaba y a menudo nos las arreglábamos con albóndigas enlatadas y distintos congelados”, recordaba en una entrevista en La Paz hace algunos meses.

A los 20 años emigró a Francia, donde aprendió a alimentarse saludablemente. Tras retornar a Dinamarca, impulsó un movimiento que fomenta el respeto por la naturaleza y el empleo de ingredientes regionales. Y ahora, aunque se halla a miles de kilómetros de distancia, aspira a convertirse en una fuente de inspiración para todos los bolivianos. En muy poco tiempo, y de la mano de una fundación —Melting Pot—, Meyer ha instalado aquí, en pleno corazón de Sudamérica, un restaurante gourmet llamado Gustu —que trabaja únicamente con agricultores y ganaderos de la zona, que ya se encuentra entre los 50 mejores de América Latina y que funge como gancho para los foodies, esos locos por los comedores de vanguardia que son capaces de agarrar un avión entre semana para buscar nuevas experiencias—, una red de escuelas de cocina para jóvenes que cuentan con pocas oportunidades laborales y un laboratorio de alimentos para explorar las potencialidades de cada producto local. Y además ha creado el Suma Phayata, el ya mentado tour que pretende que la comida de todos los días (aquella con la que la mayor parte de los lugareños se identifican) ocupe el sitial que le corresponde.

A Meyer, de 50 años, de cabello corto, manos enormes como las de un escultor, y ojos profundos que parecen gemas chiquitas, lo que le encandiló de La Paz en sus primeras incursiones no fue la escena gastronómica vinculada con las clases medias, capaces de pagar unos cuantos dólares de más con tal de disfrutar de vino importado y mantelería fina. A él lo conquistaron las “caseritas”, señoras y señoritas con el mandil cubierto de grasa que atienden en los mercaditos o en mitad de las aceras, doñas que a menudo disponen solamente de pedacitos minúsculos de papel higiénico para que uno se limpie. De su mano, Meyer conoció las texturas, olores y sazones más tradicionales, es decir, detalles auténticos, aquellos que no suelen aparecer en los manuales de viajero.

—Y también se enfermó unas cuantas veces —comenta con la mirada encendida y la cara de un niño travieso Michelangelo Cestari, responsable de Melting Pot Bolivia. —Pero es algo que entra dentro de la normalidad. No hay por qué asustarse. Lamentablemente, la manipulación de los alimentos no siempre es la más adecuada. Y los estómagos de fuera (de los turistas, de los extranjeros), tampoco los más resistentes.

El carro ambulante

Cestari, de 30 años, nació en Venezuela. No es el clásico chef. Antes de acabar entre perolas, fogones y hornos último modelo —y de dirigir Melting Pot Bolivia—, estudió un año de negocios, otro de arquitectura y también incursionó en la fotografía. Tiene el cuerpo tatuado. Se ha curtido en las trincheras de la más alta cocina en lugares como Au-Crocodile (en Estrasburgo), Geranium (en Copenhague) o Mugaritz (en el País Vasco). Viste normalmente corbata larga, camisa y un pantalón elegante que suele ajustarse con la ayuda de unos tirantes elásticos con los que se ve bastante sexy. Y piensa que la esencia de un país no reside en los locales con cubertería cara, sino en la comida al paso, en aquellos escondrijos que los críticos rara vez reseñan.

—Yo los veo como la representación de la necesidad que a veces tiene la gente de servirse algo barato y sabroso al instante —analiza—. Y me parecen fascinantes. Tomemos la salteña como ejemplo. La salteña es un sencillo guiso con mucha consistencia dentro de una empanada. La solución ideal para el que anda muy apurado.

Estamos en la plaza Alonso de Mendoza, una especie de ágora en pleno centro de La Paz en la que suelen darse cita pajpakos (charlatanes), alcohólicos y viandantes sin un rumbo fijo. Son las seis de la tarde de un viernes y Michelangelo le acaba de pedir unas tripitas a una señora que regenta un carro ambulante muy bien ordenado. Las tripitas vienen en un diminuto plato de plástico y el tenedor es un simple mondadientes.

—Prueba, prueba, dale —me anima Michelangelo—. A mí la primera vez me sorprendieron mucho. Limpiar tripas es complicado. Y éstas son realmente impecables.

Uno de los objetivos del proyecto Suma Phayata, según Cestari, es brindar capacitación gratuita a las caseritas en diferentes temas, como marketing, finanzas y administración de microempresas. Otro: mejorar la higiene. Y por último: la difusión.

Por este sector, a determinadas horas —a las doce del mediodía y las seis de la tarde, sobre todo— aparecen algunas mujeres con delantales cuadriculados que arrastran cazuelas enormes. Ellas son en ocasiones la única alternativa para los albañiles, los aparapitas (cargadores) y los vendedores informales. Por medio dólar (a veces, incluso por menos) despachan sopas y ricos cocidos. Y a sus acólitos los conocen como “los agachaditos”, ya que siempre comen sobre pequeños taburetes o en el suelo, encogidos.

El sándwich de chola

En el otro extremo de la ciudad, todos los días, Crecencia Zurita, de 74 años, comienza a atender en Las Cholas —un conglomerado de mesas y anaqueles al aire libre— a las diez de la mañana. Y no se mueve de allí hasta las diez de la noche. Su especialidad es el sándwich de chola. La chola es el personaje paceño por antonomasia: una doña embutida en varias capas de polleras holgadas muy llamativas, con sombrero hongo y con trenzas largas muy bien amarradas. Y los sándwich de Crecencia, una obra de arte.

Zurita es toda una celebridad: ha salido en periódicos y revistas una infinidad de veces, y recientemente la filmaron para la CNN. Entre sus seguidores menciona a personajes mediáticos y ex presidentes. Hay jornadas en las que prepara entre 100 y 150 sándwiches. Y aunque ya está algo mayor, jamás se ha quejado de la afluencia de gente.

En el fondo de su local hay una fotografía en blanco y negro de su madre: Teófila Omonte. Teófila se instaló aquí cuando esto era un terreno baldío, y no el barrio residencial de clase alta que es en este momento. Y Crecencia aprendió acompañándole.

—Así ha sido siempre acá. A mí, por ejemplo, me heredará en unos años más mi hija. Ellá será la tercera generación en hacerse cargo de todo esto —se enorgullece—. Lo habitual es que los métodos de preparación se compartan solo con los seres queridos.

Gracias a su esfuerzo, Crecencia pudo dar educación universitaria a dos de sus hijos. “Nunca les faltó de nada”, me aclara. Y dice que quizá su éxito se debe en parte a que es una chola cien por ciento garantizada. “Y no una birlocha (una cualquiera)”, se ríe. Los domingos de sol, su guarida se llena. Aparte de bailarines con trajes exóticos, entre su clientela hay oficinistas, médicos, ingenieros, periodistas y también turistas. Un poco de todo. Ella piensa que su mayor aval son los más de 50 años que lleva atendiendo. Asegura que su producto es de primera. Y comenta que seguramente la eligieron para el circuito Suma Phayata por eso.

Las malas prácticas

En La Paz hay registrados cuatro grandes mercados mayoristas y más de cuarenta minoristas. Se trata de rincones coloridos repletos de tubérculos, de granos, de hortalizas, de frutas, de carne. A menudo, los tinglados se instalan improvisadamente sobre el asfalto o sobre el empedrado y apenas dejan espacio para los automóviles. A menudo, los gritos de las caseritas se entremezclan hasta conformar una masa acústica pesada que lo envuelve todo. A menudo, en torno a ellos, se multipican los chiringuitos de comida al paso. Y sus responsables no siempre están familiarizados con las buenas prácticas de manipuleo.

Una investigación llevada a cabo en 2012 por la comunicadora Mirna Luisa Quezada para el observatorio “La Paz, cómo vamos” afirma que el 71 por ciento de los alimentos y bebidas comercializadas en muchas de las áreas públicas más concurridas no cumple con los parámetros de las normativas vigentes (es decir: deberían prohibirse).

El documento, titulado “Cuando la salud y la vida penden de un bocado”, se basa en un recorrido por algunos de los puntos más significativos de la ciudad y en los análisis de laboratorio de diferentes muestras: de lechón, de ensalada de frutas, de linaza con agua, de relleno de papa. Destaca el mal manejo de los ingredientes por parte de las vendedoras a la hora de preparar los refrescos hervidos, los pasteles, las cremas chantilly y las gelatinas. Menciona potenciales peligros como el metanol en las bebidas alcohólicas, los nitratos en los embutidos, los bromatos en los productos de panadería; y la presencia de microbios, hongos, parásitos, polvo, pajas y guijarros en lo que se sirve. Y concluye advirtiendo que la mala praxis origina un sinfín de padecimientos como cólicos salvajes, vómitos, amebiasis, hepatitis, diarreas, gastroenteritis y salmonelosis.

Algunas de las escenas que se narran en el reporte son muy desagradables —en una de ellas, por ejemplo, se describe la elaboración de una empanada conocida como tucumana sobre trapos sucios y frazadas—. Y las fotos que lo acompañan, bastante elocuentes. En una, se observa el lavado de vajilla en un balde sin detergente y con agua sucia (que apenas alcanza para un precario y fugaz enjuague); en otra, aceite requemado dentro de una cacerola en la que se realizan frituras; y en una de las más impactantes, basura y restos de carne en el mismo mueble que se usa para atender a los parroquianos.

Uno de los entrevistados de Quezada, el doctor Gonzalo Uzcamaita, dice que la degradación se produce a veces al manejar plata y comida con la misma mano y sin guantes (por la cantidad de bacterias que contienen los billetes). En ocasiones, porque el punto de venta se encuentra a pocos metros de mingitorios, cloacas y vertederos. Y también es muy común identificar el principal foco de infección en las salsas guardadas. Según el informe de Quezada, una de las más requeridas, la llajua (muy picante, elaborada con locoto, tomate y yerbas varias) es también una de las más contaminadas.

Cuencos anaranjados

En los dominios de Sofía Condori Paukara, que también forma parte del movimiento Suma Phayata, la llajua es precisamente un elemento infaltable. Y no por casualidad. El reino de Condori, de 35 años, es el de los aderezos: palta, salsa de maní con ají, aceitunas, ketchup, mostaza, mayonesa. Sofía acostumbra a presentarlos en cuencos anaranjados. Y los prepara aquí mismo, a la vista de todos, para que no haya sospechas.

—Ni siquiera uso la licuadora —señala—. El tomate, por ejemplo, lo raspo a mano para que se vea natural. No me importa esforzarme con tal de satisfacer a la gente.

El bienestar de Sofía, sin embargo, no depende tanto de los tan solicitados acompañamientos, sino de sus empanadas fritas. “Tucumanas de carne, de pollo, de langostinos, de jamón y queso”, enumera. Y luego dice que, para ella, el acto de comer es “una especie de terapia”, la mejor manera de olvidarse de los quebraderos de cabeza.

—Alguien puede estar nervioso porque le ha dejado la novia o porque no le van bien las cosas y con la comida todo se le pasa, la desesperación, el agobio, la tristeza.

Sofía comenzó como aprendiz de la anterior dueña, se ganó su confianza y acabó heredando el puesto, que se ubica en uno de los enclaves con más movimiento de la ciudad, la avenida Montenegro, un lugar siempre en efervescencia lleno de zapaterías, de boutiques, de tiendas de deporte y de complementos, de escaparates, de pizzerías, cafeterías y restaurantes. Lleva acá unos 16 años —alrededor de dos a cargo de todo—. Los días de suerte, despacha entre 200 y 300 empanadas, el equivalente a más de un salario mínimo. Y cuenta que poco a poco ha ido involucrando a toda la familia en esto.

—Mi esposo es músico (muestra su tarjeta) y a veces anda de un lado a otro, pero me ayuda cada vez que puede. Mi hijo, en sus ratos libres, prepara conmigo las masas y el jigote (el relleno). Y mi hija me colabora con la atención los fines de semana.

Por las tardes, Sofía aprovecha para hacer mercado. Un ritual tan sagrado para ella como para los católicos ir a misa el domingo. Y siempre elige los productos con mimo: la mayor parte, made in Bolivia (los mariscos son una excepción, lo único que compra de fuera, y se ha asegurado de contar con un buen proveedor para evitar quejas).

—Los clientes no son tontos. Y si tú les ofreces algo en mal estado se dan cuenta y no vuelven. Por eso una debe procurar tener siempre lo mejor. Otra cosa en la que se fijan hartísimo es el aseo. Lamentablemente, no todas las compañeras se preocupan por eso y algunas se hacen de mala fama por no poner cuidado en su aspecto. Nuestro deber es hacerlo todo con mucho cariño, para que el que nos visite sienta que mereció la pena.

Cuando Sofía dice compañeras lo hace con toda la razón de ser: la comida al paso está muy ligada aquí a las mujeres. Es un matriarcado. Y a menudo, la denominación de origen tiene mucho que ver con nombres concretos —los chorizos de doña Naty en Chuquisaca, el trancapecho (arroz, papa, huevo, carne y tomate en un pan francés) de doña Betty en Cochabamba o los pacumutus (brochetas) de doña Trini en el Oriente—, con pioneras que condensan en sus recetas lo que asimilaron de sus abuelas.

Chicharrón, pollo frito y quinua 

Para la nutricionista Silvia Ortiz Mena, mencionada en los anexos del estudio de Mirna Luisa Quezada, una dieta balanceada es aquella que combina los tres grupos básicos de comestibles: formadores (como las carnes y los lácteos), energéticos (como el pan o los tubérculos) y protectores (como las frutas, las verduras y las hortalizas). Bolivia es un país rico en todos ellos. Pero sus menús pecan a veces de poco saludables. Algunos de sus platillos típicos, como el fricasé o el chicharrón, son demasiado grasosos. El pollo frito es omnipresente. Se calcula que uno de cada cuatro bolivianos presenta algún grado de obesidad o de sobrepeso. Los carbohidratos mandan, y se echan de menos las ensaladas.

La gran ausente dentro de este baile culinario es la quinua, un pseudocereal muy recomendado por la Organización Mundial de la Salud para poner freno a los desequilibrios. La quinua —que era considerada por los incas como la madre de todas las semillas— tiene aminoácidos, vitaminas y minerales esenciales para el cuerpo humano. Es muy conveniente para los celíacos porque no contiene gluten y para los diabéticos por su almidón de bajo índice glicémico. Y hasta la NASA ha pensando en ella como una opción interesante para sus astronautas. Pero el gran inconveniente en estos momentos son sus precios estratosféricos. Desde hace algunos años, la mayor parte de la producción se exporta. Y sólo el 15 por ciento se destina al consumo interno.

En varias ocasiones y en diferentes foros internacionales como la sede de Naciones Unidas en Nueva York, el presidente boliviano Evo Morales ha hecho campaña en favor de ella. Morales dice que la quinua “es vista por las trasnacionales como una amenaza a su imperio de comida chatarra”; y cree que debería convertirse en la gran alternativa para afrontar las crisis alimentarias. Su mensaje, sin embargo, todavía no ha calado hondo entre los vendedores de comida al paso. Y a día de hoy, en La Paz, tan sólo los restaurantes gourmet y vegetarianos la incluyen con regularidad en su carta.

Recientemente, una iniciativa auspiciada por algunos de los actores de la cadena gastronómica local —fundamentalmente, cocineros y agricultores— que ha sido bautizada como “Paleta de sabores” ha intentado colocar ciertos ingredientes —como la propia quinua, el yacón (una raíz) o el cuy (parecido al conejo)— en la línea de fuego. La paleta es una especie de guía Pantone de diseñador que rescata 50 de los productos disponibles en las 12 ecoregiones y los más de 200 ecosistemas del país, y lo que pretende fundamentalmente es fomentar su uso.

Para su presentación, se organizó un gigantesco apthapi (almuerzo comunitario). Y los postres y los preparados especiales desaparecieron en unos pocos minutos. Hasta los lustrabotas y los escolares se sirvieron un poquito. Pero a pocos metros de donde se realizó el evento, la realidad era evidente: arroz, grasa, papa y fideo seguían siendo la base —insuficiente— para matar el hambre.

Lenguas de fuego

En Las Velas, el único mercadito de La Paz que no cierra sus puertas en toda la noche, Julia Rita Cori —de 40 años, y además, una de las representantes más activas del Suma Phayata— suele conquistar a los que no la conocen con sus lenguas de fuego. A la hora de avivar las llamas con una especie de látigo minúsculo, adquiere la mirada atenta de un francotirador y la pose firme de un domador implacable. Dice que lleva aquí más de veinte años. Y piensa que el calor que se concentra alrededor de la parrilla que utiliza para alistar sus anticuchos es lo que garantiza un viaje del infierno al cielo en unos segundos.

Anticucho

Crédito foto: Luis Fernández Salazar

Sus anticuchos se basan en la carne de corazón vaca y van acompañados de una variedad nativa de papa (la imilla), de una salsa explosiva elaborada con maní y ají amarillo y de una salmuera asombrosa tan misteriosa como la fórmula de la Coca-Cola.

—Para mí, la clave está en servirlos cuando la carne todavía se ve un poco rosada para tratar de mantener todas sus propiedades. Sus bondades son hartas: yo he escuchado, por ejemplo, que los recomiendan para combatir la anemia.

Julia se crió aquí mismo, junto a su madre, con un pelador siempre cerca. En total, ahora son 37 las caseritas. Y cada una de ellas se dedica a una actividad concreta: varias a los anticuchos, otras al chorizo, y algunas venden café, té, mate y refresquitos. Julia atiende desde las siete de la tarde a las seis de la mañana y duerme apenas cinco horas diarias. Cuando se levanta, cuece la papa y corta la carne con calma. Y lo único que lamenta es no poder pasar más tiempo con su hija, que estudia odontología.

—Esto siempre ha sido duro —suspira—. Pero nos ha permitido salir adelante.

Entre los cómplices que han popularizado su buena mano, hay universitarios, burócratas, borrachos y trasnochados. Y también, empresarios y señores encorbatados. O como dice ella: “gente importante”.

—A veces, los clientes vienen al atardecer con su mujer y de madrugada repiten con la segundina (la amante) —se ríe—. Pero no tienen de qué preocuparse. Nosotros acá siempre hemos sido ciegas, sordas y mudas, como “Chaquira”.

* Español de nacimiento, boliviano de corazón y tartamudo de vocación. Fue director del dominical del diario La Razón de Bolivia, editor de periodismo narrativo del semanario Pulso y fundador de Pie Izquierdo, la primera revista boliviana de no ficción. Fue Premio Nacional de Periodismo de Bolivia en 2008. Publicó Los mercaderes del Che, su primer libro, en Bolivia y España.

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