Nómades y cazadores. Tesoros alimentarios en una montaña de basura

Del consumo voraz de comida-chatarra en los grandes malls a la búsqueda de alimentos en los basurales del Gran Buenos Aires, un recorrido que revela las conexiones entre la pobreza, el consumismo y la alimentación industrial.

Por Soledad Barruti

Juan y Tomás entran a Unicenter y salen corriendo para perderse en la multitud. Llevan recorridos sus 11 años de vida en colegios privados y salidas de días libres a lugares como este: un shopping lleno de gente y objetos que algún día van a poder comprar con su propio dinero. Son puro deseo, atravesados por la ferocidad del marketing infantil que surgió en los años 50, se fortaleció en los años 80 y despuntó hace apenas 15 años cuando los chicos empezaron a pasar un promedio de 25 horas por semana frente a la televisión y tuvieron acceso ininterrumpido a Internet y a toda la propaganda no convencional que pueda imaginarse.

Llevan 100 pesos en el bolsillo (alrededor de 10 dólares), que esperan estirar con los vales de McDonald’s que les dieron a la salida del colegio para promocionar la nueva hamburguesa «italiana» a solo 22 pesos. Antes de enfrentar la cola demorada del local, ubicado en la esquina más transitada de ese patio de comidas en el que entran 1.800 personas sentadas, recorren negocios de ropa para los adolescentes que sueñan ser: miran zapatillas, remeras, cadenas. Uno de ellos –rubio, ojos transparentes, dientes blancos poco crecidos, cuerpo delgado y tenso– lleva una calavera plateada colgada de la muñeca y esconde la cruz de plata del bautismo bajo la remera porque no sabe si va bien con la actitud que quiere tener. El otro –morocho, el cuerpo blando y blanco, más inseguro, o más tranquilo, igual de alto– camina dejándose llevar por su amigo. Cada tanto toca su celular para ver si suena: la única regla de la salida es que no olviden que la madre de Tomás los espera en la entrada de los cines y que si el celular suena, ellos tienen que atender. «En ciudades que se fracturan y se desintegran, este refugio antiatómico es perfectamente adecuado al tono de una época», escribió en los años 90 la ensayista Beatriz Sarlo para describir los shoppings: artefactos perfectamente adecuados a la hipótesis del nomadismo contemporáneo.

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ESPECIAL Argentina: lo mejor y lo peor del extractivismo en 2013

Por Maité Llanos
desde Buenos Aires

Si 2012 fue, 20 años después de la Cumbre de la Tierra, el año en el que el tema ambiental volvió a la agenda latinoamericana a través de Rio+20, 2013 se caracterizó por la ausencia del desarrollo sustentable en los debates políticos y económicos.

A su vez, 2013 fue un año en el que la búsqueda de energías renovables parece haber quedado relegada tras la anunciada nueva ola de combustibles fósiles. En Argentina, el acuerdo de YPF con Chevron para la explotación de petróleo y gas no convencional a través del fracking, pone en riesgo la soberanía y la democracia energética, y anuncia una serie de problemas socioambientales una vez que se ponga en marcha.

Esta nueva ola de explotación de hidrocarburos augura un mal resultado en cuanto al cambio climático, similar al que se obtuvo hace menos de un mes en Varsovia en la COP 19, en la próxima reunión sobre clima que se va a realizar en Lima en 2014 y luego en París en 2015, donde debería renovarse el compromiso para la reducción de emisiones de efecto invernadero.

Sin embargo, 2013 no fue un año de pasividad y resignación. Ese aire fresco que dio la Cumbre de los Pueblos de Rio+20 en 2012 y el concepto instalado de los bienes comunes en el lenguaje de los movimientos sociales parecen haber dado impulso a un nuevo entretejido de vínculos en el el feminismo cumple un papel fundamental. A su vez, el gigante que se despertó en las calles de Brasil en junio pidiendo cambios estructurales, puso en cuestión el ciclo del consumo como modelo de inclusión.

Si el movimiento contra la globalización neoliberal que llevó a la construcción del Foro Social Mundial se creó desde lo global hacia lo local para resistir a acuerdos globales como el de la OMC y foros como el G8, que tendrían impactos directos en la vida de las personas, ahora un nuevo ciclo de luchas que estuvo tejiéndose en estos últimos años parece nacer desde lo local hacia lo global. Allí, los impactos del avance del capitalismo sobre los territorios son más vivamente sentidos y las resistencias emergen frente a la megaminería, el fracking y el avance sobre los bienes comunes, como hemos visto en varios rincones de América Latina en 2013.

La cumbre del clima a fines de 2014 nos pone ante el desafío de lograr que esas resistencias se unan para disputar el modelo de desarrollo de la región, para que el principal eje no sea el control soberano de los recursos naturales sino que este control sea el punto de partida para la gestión participativa de los bienes comunes.

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Por qué construir una alternativa contra hegemónica

Mientras las negociaciones internacionales sobre el cambio climático están orientadas por el mercado y por una visión financiera del clima que se expresa en los mercados de carbono, Argentina se ha limitado a defender su modelo agropecuario y a aplicar una estrategia nacional a tono, sin pensar en otro paradigma de sustentabilidad.

Maité Llanos 
desde Buenos Aires

La vulnerabilidad económica, climática y por lo tanto social de Argentina se debe a una forma de enfrentar los desafíos del cambio climático que no contempla una transición hacia un modelo con menores emisiones de gases de efecto invernadero, que proteja a los más vulnerables y que tenga como horizonte la justicia social y ambiental. Esto se vincula también con la posición argentina en las negociaciones de Rio+20 en junio de 2012, que fue útil para los movimientos sociales reunidos de forma paralela en la Cumbre de los Pueblos y que se opusieron a la implementación de la agenda de la economía verde.

Esta posición nacional -que expresa que “no se trata de adoptar un nuevo concepto o transmutar el ya conocido de ‘desarrollo sostenible’ sino de lograr la realización de éste de forma equitativa y equilibrada”- se sostenía en la percepción de que la economía verde se desdoblaría en barreras para arancelarias para la exportación de commodities. Como explicita el mismo documento de la Cancillería argentina: “Las medidas que se promuevan en el contexto de la Conferencia deberían diseñarse e implementarse, de tal manera que: 1. resulten compatibles con los compromisos asumidos por las Partes en las convenciones ambientales ratificadas y con las normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC); 2. no constituyan un medio de discriminación arbitrario e injustificable ni una restricción encubierta del comercio internacional”.

Las negociaciones internacionales sobre cambio climático y desarrollo sustentable están trabadas y orientadas por propuestas de mercado, y por la “financiarización” del clima mediante la creación de mercados de carbono y de bienes comunes.

Hasta ahora, Argentina se ha limitado a defender su modelo agropecuario y a aplicar una estrategia nacional a tono con él , sin adoptar medidas concretas que permitan pensar que está transitando hacia el desarrollo sustentable, como anuncian sus posicionamientos y sus políticas externas e internas.

Queda pendiente un gran desafío para las “partes interesadas”, como se suele llamar a las organizaciones sociales en las negociaciones internacionales: lograr coordinar propuestas y establecer una agenda que diseñe otro paradigma de sustentabilidad y que se inscriba en una alternativa contra hegemónica y de armonía con la naturaleza.

Esto requiere un cambio profundo en la cultura de los movimientos, en las agendas tradicionales y en las herramientas de diálogo y acción. La Cumbre de los Pueblos de Rio+20 mostró a través de las convergencias que es posible comenzar a dar algunos pasos en ese camino colectivo.

Desde 2008 es parte del grupo de Trabajo y Medio ambiente de la Confederación Sindical de las Américas. Asesora a la Central de los Trabajadores de Argentina (CTA) en temas internacionales. Está cursando la maestría de Integración Latinoamericana en la Universidad de Tres de Febrero.

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De la seguridad a la soberanía alimentaria

Una fotografía de la situación ambiental en Argentina mostraría un país altamente vulnerable debido a su perfil productivo: las exportaciones agrícolas y las manufacturas de origen agropecuario son las principales generadoras de renta.

Maité Llanos
desde Buenos Aires

En 1992 se firmó la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Argentina la ratificó en 1994 y en 2001 ratificó el Protocolo de Kyoto, la herramienta contemplada en la convención para establecer metas de reducción de emisiones.

En este sentido, podríamos decir que Argentina hizo bien la tarea. No sólo se realizaron las comunicaciones nacionales (ya está en preparativos la tercera comunicación) previstas por la convención para países como Argentina, que no están obligados por el Protocolo de Kioto a reducir emisiones. La Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable -autoridad de aplicación de la convención- también estableció un comité gubernamental y una comisión integrada por el gobierno y otros actores y partes interesadas vinculados con el proceso de la convención para desarrollar, a partir de 2009, una Estrategia Nacional en Cambio Climático que intentará definir políticas de mitigación (reducción de emisiones) y adaptación (medidas para lidiar con las consecuencias del cambio y la variabilidad climática).

Las dos últimas comunicaciones nacionales, que son una fotografía de la situación ambiental nacional, muestran un país altamente vulnerable debido a su perfil productivo considerando que las exportaciones agrícolas y de manufacturas de origen agropecuario son las principales generadoras de renta.

Recordemos también que el modelo agropecuario ha sido identificado como la principal fuente de emisiones de gases de invernadero. La alta vulnerabilidad significa que la variabilidad y el cambio climático -algo tan simple como, por ejemplo, sequías o inundaciones- pueden afectar severamente la producción nacional, así como el precio de las commodities a nivel internacional.

La Estrategia Nacional es una herramienta de planificación interesante porque busca establecer metas de largo alcance en un país pensado en el corto plazo. Sin embargo, sus objetivos se enmarcan en el mismo modelo de producción, reproducción y consumo que se identifica como vulnerable. Además están encuadrados en una negociación internacional orientada por el mercado y que corre peligro porque no hay acuerdo para la firma de la segunda etapa del Protocolo de Kyoto.

Quiero detenerme en el eje de la producción agropecuaria y forestal de esta Estrategia Nacional para ver qué tipo de país se está pensando para las próximas décadas. Para comenzar, el documento habla de seguridad alimentaria y no de soberanía alimentaria.

Además se centra en cómo adaptar el modelo actual a la variabilidad climática y en ningún momento analiza cómo hacer el tránsito hacia otro tipo de modelo agropecuario y forestal que limite la expansión de la frontera agropecuaria -con las consecuentes expulsiones de pobladores originarios y campesinos, la deforestación y la degradación de los suelos-, y que, por ejemplo, fomente la agroecología, los créditos para pequeños y medianos productores o la conservación de semillas autóctonas, entre otras medidas.

Este tipo de medidas podrían insertarse en un modelo mixto con vistas a avanzar en una transición en la que podrían convivir un sector orientado a la exportación y otro que garantice la soberanía alimentaria. Sin embargo, esto no aparece como una opción en la planificación actual, donde prima, en cambio, el modelo neo extractivista latinoamericano. Es decir, el marco regional de lo que Maristella Svampa llama “Consenso de las Commodities” .

En otro de los ejes se habla de fomentar buenas prácticas agropecuarias y forestales, pero ¿a cuáles se refiere? ¿Mejorar la genética, por ejemplo, como también sugiere el plan estratégico?

En síntesis, la vulnerabilidad económica y climática -y por lo tanto social- se sostiene en una propuesta de planificación del largo plazo que busca “cumplir” con los deberes que imponen los desafíos del cambio climático. Sin embargo, esa planificación no cumple con la meta de una transición hacia un modelo con menores emisiones de gases de efecto invernadero, que proteja a los más vulnerables y que tenga como horizonte la justicia social y ambiental.

Desde 2008 es parte del grupo de Trabajo y Medio ambiente de la Confederación Sindical de las Américas. Asesora a la Central de los Trabajadores de Argentina (CTA) en temas internacionales. Está cursando la maestría de Integración Latinoamericana en la Universidad de Tres de Febrero.

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El futuro, en los viejos mercados

Mercados orgánicos en Argentina
por Bárbara Vespa

En la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores existen muchos mercados comunitarios, de diferentes dimensiones y ofertas. Tres de ellos se dedican específicamente a productos orgánicos y ya están bien establecidos en el circuito del consumo responsable.

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Mercados orgánicos en Argentina (parte I)
por Bárbara Vespa

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