Rumbo al Norte. En el Río Grande, la crisis migratoria también se alimenta de niños

Decenas de miles de menores de América Central intentan cruzar la frontera hacia los Estados Unidos huyendo de la violencia y la pobreza en sus países. El problema de las migraciones de niños, que ya desvela a Europa, ahora también atraviesa la campaña electoral del Congreso estadounidense.

Por Sebastian Schoepp

El Valle de Sula es un fértil valle en Honduras que se extiende hacia la costa caribeña. En sus laderas crece el bosque seco tropical y en el valle inferior están los mejores suelos, de donde brotan bananas, caña de azúcar, palmeras, cereales y cítricos. A su vez, desde hace ya algunos años se están abriendo paso las llamadas maquiladoras, fábricas textiles de dueños estadounidenses o chinos que son las responsables de una gran parte de la actividad económica de este país pobre, por lo que habitantes de toda Honduras acuden en masa a San Pedro Tula y sus suburbios en búsqueda de trabajo.

¿Un idilio económico? Todo lo contrario. Los puestos de trabajo son muy escasos. Las esperanzas de una vida mejor son brutalmente destrozadas. El desarraigo y la falta de perspectivas, así como el peso del pasado han hecho surgir una espiral de pobreza y violencia extremas que ha transformado a San Pedro Sula en la ciudad más peligrosa del mundo. El riesgo de sufrir una muerte violenta es mayor que en Bagdad o Kabul. La tasa de homicidios, con 96,4 casos por cada 100.000 habitantes en el año 2013, es la más alta del mundo, y no caben dudas de que esta cifra volverá a aumentar este año, como todos los años. Las ciudades populosas de países vecinos como Guatemala y El Salvador no presentan guarismos mucho mejores.

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Un “petro Estado”, una revolución y una guerra

Un recorrido del impacto profundo de los hidrocarburos en América del Norte, desde la explotación de la tercera reserva de petróleo del mundo en Canadá, pasando por la lucha entre los recursos renovables y los combustibles fósiles en Estados Unidos, hasta la exploración en aguas profundas y ultra-profundas del Golfo de México.

Iñigo Gabriel Martínez Peniche
Desde México DF 

¿Qué ocurre en Canadá?

La reestructuración reciente de la economía canadiense, en que la megaextracción y la exportación de petróleo bituminoso juega un papel fundamental, está generando una serie de riesgos económicos, ambientales y geopolíticos para el país. En la última década, Canadá se ha convertido en un centro extractivista mundial y en un “petro-Estado bribón”. La explotación de las arenas bituminosas de Alberta, la tercera reserva probada de petróleo más vasta del mundo, es el proyecto industrial más grande del planeta cuyo desarrollo ya tiene implicaciones en la economía, la política, la diplomacia y el medio ambiente del país.

Las élites extractivistas canadienses buscan de manera desesperada explotar y exportar lo más pronto posible el petróleo bituminoso. Para ello han destinado enormes recursos económicos y tecnológicos, además de realizar un fuerte cabildeo nacional e internacional, para garantizar su salida. Resulta irónico observar cómo la ciudad de Calgary, capital de la provincia de Alberta y sede de las oficinas centrales de las principales corporaciones extractivistas canadienses y globales conocidas como “la mafia de Calgary”, se convirtió en uno de los lugares más afectados por las mayores inundaciones de los últimos años en el oeste canadiense.

Se puede debatir si fueron causadas o no por el cambio climático. Pero es una realidad que la quema de combustibles fósiles, principal causa del calentamiento global, es en parte responsable del derretimiento de hielo en el Océano Ártico, al tiempo que ha habido una creciente evaporación de los océanos que cubren el 70% de la superficie terrestre.

¿Qué ocurre en Estados Unidos?

En Estados Unidos tiene lugar “una revolución y una guerra energética” ligada a dos fenómenos: por un lado, están siendo descubiertas nuevas y vastas reservas de gas y petróleo, antes inaccesibles o imposibles de costear económicamente; por otro lado, una serie de inversiones privadas y programas de apoyo gubernamental están llevando al rápido desarrollo de las energías renovables.

La disputa allí “no es solo sobre los distintos tipos de tecnología. Los dos bandos difieren sobre si la salvación energética se encuentra en la conservación o en la expansión de la producción; en la generación de energía a partir de recursos renovables o de combustibles fósiles no renovables; en la producción a partir de fuentes energéticas descentralizadas, de pequeña escala, o en grandes sistemas centralizados”.

Uno de los elementos de este nuevo escenario es la “revolución del gas y aceite de esquisto (shale gas/ oil). La explotación de estos recursos energéticos se ha vuelto un instrumento de la estrategia hegemónica de esta nación para influir en las políticas energéticas de otros países.

Este tipo de combustibles no convencionales son mucho más difíciles de extraer y caros de producir, además de los impactos ambientales que implican. El megaextractivismo en Estados Unidos se ejemplifica con datos contundentes: hasta el momento se han perforado 75 mil pozos y existen más de 20 mil empresas dispuestas a continuar taladrando.

Quienes confían en la llamada “revolución energética” estadounidense sostienen que esto solo ha sido posible en ese país pues existen condiciones particulares en términos de propiedad de la tierra, atomización de la industria energética, estímulos a la competencia, etc., que no pueden replicarse con facilidad en otras partes del mundo. Los críticos, por su parte, han señalado que el boom energético no es más que una gigantesca y exagerada burbuja construida y estimulada por las poderosas élites extractivistas energéticas comandadas por Wall Street, con fuertes intereses en el sector petrolero, quienes han inflado artificialmente los volúmenes de reservas de esquistos recuperables.

¿Y en México? Continuará…

Hizo su doctorado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Ciudad de México. Es tutor de la Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambiental de FLACSO México.

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La guerra de las élites extractivistas de América del Norte

Las élites extractivistas norteamericanas están integradas por ejecutivos de organismos internacionales, funcionarios públicos, empresarios y académicos: desde la “mafia de Calgary”, agrupada en torno al primer ministro conservador de Canadá Stephen Harper, pasando por los lobbies petrolero y tecnológico en Estados Unidos, hasta el consenso en México para mantener el estatus megaextractivista y rentista de PEMEX.

Iñigo Gabriel Martínez Peniche
Desde México DF (segunda parte)

Este grupo compacto se encuentra cohesionado y vinculado a través de distintas instituciones y organizaciones, tanto públicas como privadas, y centros de pensamiento. Los individuos que pertenecen a este selecto grupo colaboran regularmente y mantienen presencia en lugares clave para la toma de decisiones, además de que logran moverse de un lado a otro entre el sector público, el ámbito privado, los organismos internacionales y regionales, los centros de pensamiento (think tanks) y las instituciones académicas.

La influencia de estas élites extractivistas es diferente en cada uno de los países de Norteamérica, lo que da un sentido distinto a las diferentes “guerras energéticas” que se libran al interior de Canadá, Estados Unidos y México.

En Canadá, la llamada “mafia de Calgary”, agrupada en torno al primer ministro conservador Stephen Harper, ha logrado hacer del petróleo y el gas uno de sus principales negocios políticos y económicos. A través de una mezcla de iniciativas legislativas, regulatorias y fiscales, y de un poderoso cabildeo tanto en el nivel nacional como internacional, el gobierno conservador canadiense -que desde 2011 cuenta con la mayoría absoluta parlamentaria- protege y apoya al sector energético extractivo. Entre sus estrategias se incluyen como elementos indispensables la criminalización y la intimidación de las voces críticas al proyecto megaextractivista.

En el caso de Estados Unidos, en cambio, tiene lugar un enfrentamiento sin precedentes entre dos grupos en competencia: por un lado, el llamado lobby petrolero, que sigue defendiendo los combustibles fósiles como la principal forma de hacer negocios, y por otro, el lobby tecnológico, que busca introducir con fuerza en la matriz energética estadounidense las tecnologías asociadas con la generación de energías alternas y renovables, además de hacer del combate al cambio climático una de sus principales principios de acción.

En el caso de México, las élites que favorecen el extractivismo energético buscan mantener y ampliar el control delos recursos y las reservas energéticas estratégicas, buscando capturar cada vez más renta petrolera y mayores utilidades energéticas mediante mecanismos de control cada vez más sofisticados. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, en México de alguna manera existe un consenso entre las élites económicas y políticas para mantener el estatus megaextractivista y rentista que se asigna a PEMEX. No parece existir, en cambio, un debate filosófico sobre los límites del desarrollo basado en combustibles fósiles y  las oportunidades de una transición energética postcarbono.

Los diversos arreglos político-institucionales entre las élites, en los que se enmarcan las disputas energéticas en Norteamérica, condicionan las respuestas populares en cada país ante el megaextractivismo. En Canadá ganan terreno los movimientos progresistas en torno a los derechos socio-ambientales y de los pueblos originarios. En Estados Unidos, el movimiento ambientalista y anti extractivista se fortalece a nivel nacional y logra mantener como aliado al presidente Barack Obama en torno a decisiones fundamentales como la construcción del oleoducto Keystone XL, que intenta llevar petróleo sucio desde la provincia de Alberta hasta los centros refinadores en Texas.

En el caso de México, el movimiento social en defensa de la soberanía energética parece más interesado en mantener el statu quo megaextractivista y rentista de PEMEX que en imaginar alternativas de desarrollo sostenible para la transición energética.

Hizo su doctorado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Ciudad de México. Es tutor de la Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambiental de FLACSO México.

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Por qué Estados Unidos quiere tanto a México

El extractivismo energético está en el centro de la discusión en América del Norte. La estrategia regional ha estado dirigida, ante todo, a apoyar la seguridad energética de Estados Unidos y ha implicado la puesta en marcha de una política de máxima extracción y explotación de las reservas energéticas de los socios menores, México y Canadá.

Iñigo Gabriel Martínez Peniche
Desde México DF

El extractivismo es la apropiación -mediante prácticas intensivas- de enormes volúmenes de recursos naturales que, en su mayor parte, son exportados como materias primas a los mercados globales. A pesar de que el extractivismo ha estado relacionado comúnmente con la minería, el fenómeno es propio también de otros sectores como el energético o de hidrocarburos.

La vinculación entre extracción, producción energética y generación de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) ha sido ampliamente demostrada pero el consumo de recursos naturales continúa creciendo de manera acelerada. Esto se traduce en presiones cada vez mayores sobre el clima, la geología y el medio ambiente, que se acercan a los límites de la sustentabilidad del planeta. Pese a esto, proyecciones del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) revelan un aumento en la extracción, que podría llegar a triplicarse en 2050.

Un análisis de los movimientos sociales de oposición al mega extractivismo en América Latina identificó 34 casos asociados con la minería energética; 85 casos con la minería metálica y no metálica; 47 casos asociados con el agua; 16 casos con los recursos forestales y la biodiversidad; 27 casos de expansión/afectación de la agroindustria, y 32 casos con los residuos tóxicos.

América del Norte -Canadá, Estados Unidos y México- también atraviesa enormes transformaciones por el predominio en esos gobiernos de élites extractivistas energéticas. El extractivismo energético, de hecho, se encuentra en el centro de la discusión regional: desde la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), ha empezado a tomar forma un proceso silencioso de mega extractivismo asociado con la estrategia de integración energética del subcontinente, comandada por las élites económicas y políticas de la región que disfrutan así de jugosos ingresos.

La estrategia ha estado dirigida, en primera instancia, a apoyar la seguridad energética de Estados Unidos, el socio mayor, y ha implicado la puesta en marcha de una política de máxima extracción y explotación de las reservas energéticas de los socios menores, Canadá y México.

En este sentido, la máxima extracción de recursos hidrocarburíferos no convencionales, cada vez más difíciles de producir, más costosos y de consecuencias ambientales impredecibles, se vuelve la base de la política energética de las élites extractivistas en Norteamérica.

Es el caso de la explotación de arenas bituminosas en el norte de la provincia de Alberta en Canadá; el fracturamiento hidráulico (fracking) para obtener recursos de gas y aceite de lutitas (shale gas/oil) en las cuencas gasíferas de Pensylvania, Texas o Dakota del Norte en Estados Unidos; la exploración y producción de petróleo en las aguas profundas y ultra-profundas del Golfo de México.

Este tipo de producción energética genera presiones ambientales y sociales muy fuertes, que van desde los conflictos en el medio rural al drama ecológico que se observa en diversas regiones del subcontinente. Ya sabemos que la extracción y la quema de combustibles fósiles y la consiguiente liberación a la atmósfera de CO2 y otros gases de efecto invernadero son causantes del calentamiento global y del cambio climático, causante a su vez de eventos extremos relacionados con el clima.

En el caso de la extracción shale gas/oil existe además el riesgo de contaminación del suelo y las aguas subterráneas superficiales con agentes químicos, además de la generación de gases de efecto invernadero y los riesgos de movimientos telúricos, entre otras problemáticas ambientales, sin contar los numerosos conflictos sociales.

* Hizo su doctorado en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, Ciudad de México. Es tutor de la Especialidad en Política y Gestión Energética y Medioambiental de FLACSO México.

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Latinoamericanos en el mundo. El año que termina: Nueva York

NUEVA YORK, por Jimena Zuluaga

Con el fin de año llegan los recuentos de lo que pasó. Para mí, el suceso más importante de este año que termina fue el cambio de vida que ha significado vivir en esta ciudad.

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Las Cositas Ricas de Jackson Heights

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NUEVA YORK, por Jimena Zuluaga

Cuando  un colombiano dice que se va a vivir a Nueva York es probable que uno de los comentarios que reciba (después de Uy-que-envidia, Yo-tengo-un-primo-allá y Allá-le-caigo) sea “tiene que ir a comer bandeja paisa a Jackson Heights”. Jackson Heights, en Queens, es el vecindario colombiano  por excelencia de Nueva York. Su colombianidad ha sido incluso inmortalizada en libros y películas comoParaíso Travel y María llena eres de gracia.

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